lunes, 15 de mayo de 2017

El delegado (Tercera y última entrega)

Autor: Maximiliano López

El veedor llama a Susana Olmos para que entre al cuarto oscuro a ejercer su voto. No tarda mucho en efectuar el acto y sale del gimnasio con su sobre que luego deposita en la urna. Acto seguido se reúne con sus compañeras de campaña para ir a almorzar. La conversación nunca se repone y Bernarbez, resignado a seguir con esa situación de confinamiento sentimental, conversa con los compañeros promotores de la carrera atlética organizada por el sindicato. Uno es del gremio mientras que quien lo acompaña es una mano de obra disponible alquilada por un compañero del gremio que no puede estar presente, a cambio de cien pesos la hora para representarlo.

—¿Cómo piensa que irá la elección, don José? —pregunta el del gremio.

—No sé, la verdad quiero que termine. No entiendo por qué hace esto. Está todo bien con que se presente más de un candidato a ser delegado de los compañeros, ¿pero justo tiene que ser ella? Y.. yo no soy intolerante, nunca lo seré, cuestiono que haya un contendiente y que sea ella porque en primer lugar hice mucho por los compañeros, y en segundo, yo a ella la amé mucho, yo no me animé a dar el siguiente paso que ella me propuso en su momento y contribuí a que se  terminara la relación. Jamás pensé que sus sentimientos hacia mí derivarían en que ella se postulara para ganarme y reemplazarme.

El muchacho del gremio, junto con el alquilado, se manifiestan sorprendidos por las declaraciones del delegado. Si bien es vox populi la relación mantenida entre Bernarbez y Olmos durante años, jamás habían escuchado antes una declaración tal por parte del delegado del Ejército. Diego, el inscriptor del gremio, intenta atinar a decir:

—Tenga ánimo, compañero, usted va a ganar por goleada.

José, hastiado y resignado ante el chupamedismo del joven, mira para arriba y suspira: —qué se yo, pibe… ¿Les gustaron las empanadas? Sírvanse más gaseosa, por favor —acercándoles una botella ya no tan fría.

En medio del proceso electoral en desarrollo surge el inconveniente que la ficha de anotaciones del padrón están asistiendo a votar se quedó corta en relación a la cantidad de electores. Las hojas no son suficientes. El imprevisto toma por sorpresa a los veedores y todo el cuerpo  presente del sindicato. El delegado se encuentra resolviendo una cuestión a la planta baja de la sede, Susana está comiendo en el comedor y parece que a nadie presente se le ocurre una idea mejor que la de contactar a alguien de la sede capital del sindicato para que traiga nuevas planillas o improvisar unas nuevas con birome. El calor, las empanadas y el refresco parecen haber amodorrado a los compañeros para actuar ante una contingencia. Al compañero alquilado para inscribir a los otros compañeros presentes a la carrera se le ocurre la idea de que, desde la seccional Capital del sindicato, envíen por mail un archivo con el formato de planillas para imprimirlas en el cyber más cercano. Por suerte, el compañero del gremio sacó de su carpeta dos planillas vacías que tenía guardadas de casualidad. Suficientes para que el sufragio pudiera continuar.

Habiendo ya votado y almorzado la mayoría de los trabajadores del lugar, la terraza va vaciándose de a poco. Susana Olmos regresa. Su mano derecha, Romina, la recibe con una banana que, cuando la contendiente toma asiento, se dispone a comer. Aparentan tranquilidad sentadas a un lado de la mesa donde están los veedores, que esperan a la única persona que queda por votar, el delegado José, quien se hace presente no sin haber tardado unos minutos. Pasan diez segundos entre que ingresa y sale del gimnasio reconvertido en cuarto oscuro y manda el sobre con el sufragio al interior de la urna. Inmediatamente después de sufragar mira a Susana unos segundos en forma condescendiente y pasa a dar la mano a los veedores del sindicato para luego irse al comedor para hidratarse un poco. Todavía no comió nada. Prefiere esperar a que pase el escrutinio y se comunique el resultado de la votación para almorzar tranquilo, pase lo que pase. Si gana, todo seguirá igual. Él, como delegado, administrando los recursos que caen desde arriba para distribuirlos de la mejor forma posible de acuerdo a las posibilidades, como lo viene haciendo desde una década y media. Defendiendo y negociando como nadie allí la protección de los suyos ante los directivos del Ejército de Caridad. Hay que ver cuánto saca Susana, se dice, mientras bebe un vaso de agua azucarada. Dependiendo de ello se verá cuán empujado estará a negociar con las fuerzas que su ex novia representa. En caso de que pierda, sería momento de activar su plan maestro de contingencia. Quizás la iniciativa más osada en toda su vida: irse al medio de la pampa seca a seguir trabajando para el sindicato y el Ejército, pero lejos de todas las contradicciones afectivas y familiares que lo asfixian. Cualquiera de los dos escenarios, por ende, le sentaría bien. Se sentiría a gusto tanto siguiendo al frente de la delegación gremial como alejándose del poder que supo conseguir, de su familia y del amor de su vida.

Veinte minutos más tarde, el delegado es avisado por Gustavo que el conteo de los noventa y seis votos está a punto de finalizar. En la terraza sólo quedan, además de los compañeros del sindicato por fuera del Ejército, José, Gustavo, Susana y Romina. Los nervios aumentan en lo que los veedores, únicos calificados para contabilizar los votos, se encuentran en un extraño hermetismo representado en el encierro al interior del gimnasio para llevar a cabo el escrutinio.

Finalmente, los veedores salen. Uno de ellos comunica el resultado final: José Bernarbez es reelecto una vez más como delegado gremial. Gustavo le da unas cuantas palmadas en la espalda a su líder nuevamente plebiscitado por las urnas. José no manifiesta entusiasmo pero agradece por compromiso las felicitaciones de su mano derecha, los veedores y demás compañeros presentes en el lugar. La desazón se apodera de Susana y sus colaboradoras. La lista opositora seguirá siendo opositora o bien se desarticulará o se coaligará con la triunfante. De todas maneras, los resultados han sido más parejos de lo pensado. El compañero Bernarbez sólo superó a la compañera Olmos por ocho votos, siendo que José obtuvo cincuenta y dos votos mientras que Susana, cuarenta y cuatro. Jamás había tenido lugar antes, en el historial de elecciones para delegados, un resultado así de parejo. Este escenario inédito e impensado abre un panorama totalmente nuevo en la política gremial al interior de la delegación y en la forma de relacionarse con el sindicato y con los directores del Ejército de Caridad. Bernarbez y Olmos se verían obligados a formar una especie de cohabitación que han venido negando para sus vidas privadas luego de la separación. Una unión de fuerzas, una gran coalición para que la estabilidad y progreso, cada vez más difícil de sostener en un contexto social y económico negativo para la clase trabajadora en general, siga predominando entre los compañeros.

Ni para Susana ni para José, que se saludan con respeto mutuo luego de saberse el resultado y de sus respectivas reacciones y saludos con los suyos, que se jugaban a todo o nada, se trata de una situación favorable o pensada. El delegado consiguió retener su poder a costa de perder una gran parte de apoyo que ha ido a parar a una nueva referente en la delegación. Esa estrella brillante en un firmamento hasta hace un rato únicamente dominado por José, si bien no llegó a ganar, sí sorprendió a propios y extraños, y se transformó en alguien a ser considerado por el otrora poderoso delegado.

La situación no deja de ser surreal para José Bernarbez. No ha sido este un día cualquiera en su vida. Se acaba de producir una integración total de su vida privada y pública. Susana, su ex pareja, su gran amor que no pudo soportar de tan grande que es porque amenazaba los cimientos mismos de su vida, termina convirtiéndose en alguien ineludible en la construcción cotidiana de poder a la que debe acudir José para legitimarse constantemente ante sus compañeros como delegado. Ahora que se fueron todos de la terraza y el comedor, tanto el ejército invasor de la ATECYD como Susana, Gustavo y el resto de los compañeros, puede sentarse a comer tranquilo las empanadas que la cocinera, una mujer que hace cinco años trabaja ahí gracias a él, desde que se abrió la cocina para los trabajadores del Ejercito de Caridad, le guardó con detalle.

—Espero que le hayan gustado, señor. Le guardé de carne y de jamón y queso, sus favoritas.

—Ha sido un gran detalle de su parte, doña Josefa. Le agradezco mucho —contesta parco el delegado.

La cocinera le sirve un vaso de jugo de naranja y le dice que votó por él. José vuelve a agradecerle y dice que no es necesario que le comente por quien voto. Que la seguirá estimando igual y estando a su disposición cuando lo necesite, haya votado por quien haya votado.

Bernarbez, en lo que termina de comer las empanadas, ve cómo se esfuma su sueño de irse a vivir a La Pampa no sin lamento. Ahora ni siquiera podrá seguir siendo todo como era antes ni de la forma que quisiera. Cada decisión o detalle sobre la administración de recursos y la protección de los compañeros deberá ser consultada especialmente con ella. Si perdía, aunque fuera por poco, podría ya estar pensando en pedir su promoción hacia otra sede del Ejército y en los preparativos para la mudanza. Propondría a su hijo irse con él o quedarse y agarrar la plaza que deja, o pasarle una módica suma de dinero para que vaya solventando los gastos de la casa en lo que se vende, etc. Planes que ahora no tienen sentido. Adiós a la vista hacia la nada de La Pampa seca y semipatagónica, al abrazo de un pretendido destino que al final, o por el momento, no parece ser tal.
Su destino es su responsabilidad, al parecer, piensa mientras sale del comedor. Su destino está presente aquí y ahora, en el comedor que posibilitó, gracias a su talante como líder y como servidor de poderes mayores dentro del sindicato y a la buena coyuntura político-económica en el mundo sindical durante unos años, abrir en la terraza del lugar de trabajo. Ahora los tiempos son distintos, pues cuenta con un poder escaso y está obligado a cohabitar con una lista disidente. También deberá administrar recursos más escasos. El margen de favores se achica y habrá que hacer mucho con poco. Deberá proteger a los trabajadores en un contexto desfavorable en el cual los mandos medios y altos del mundo empresarial son más favorecidos en cuanto a facultades de negociación entre capital y trabajo. La malaria económica, presente ya desde hace un tiempo en el país, pareció pasarle factura al liderazgo de José. Quizás algo de razón tenía la compañera Romina al endilgarle que su autoridad y sus logros están erosionándose y que hace falta imprimir nuevos bríos a la gestión. Y qué mejor que con la nueva coalición que tiene en mente constituir el reelecto por quinta vez delegado.

Ese destino y esa responsabilidad, unidas según el razonamiento de José por los tiempos recesivos que corren, le empujan, en el fondo a estar con Susana también como única opción afectiva. A la posibilidad de integrarla a su vida pública sin que ello ponga necesariamente en peligro su vida privada y viceversa. A consagrarse ante ella como su gran amor. Aunque también pudiera tornarse algo riesgoso. Sus ambiciones podían chocar y consumir, nuevamente, la relación. La confirmación de un amor intenso pero fatal e imposible.

Lo de la ambición no sería un problema para José. Pues sigue harto de su cargo y no tendría problema en darle el poder a quien sea en unos años. O, al menos eso es lo que le dice a Gustavo, quien le pregunta cómo se siente cuando sale del comedor y se lo encuentra en las escaleras hacia abajo.

—Al final mandaste cualquier verdura con tu pálpito sobre las elecciones. Me lo disfrazaste de estudio serio, chanta —bromea Bernarbez.

—Perdón, José, realmente pensaba que vos ganarías por alto margen. Pero los resultados me sorprendieron por completo. No esperaba que Susana fuera a ganar tantos votos. Eso habla de que hay muchos alcahuetes que dicen apoyarte pero luego van y te clavan un puñal en la espalda. A esos mejor ni tenerlos en cuenta. Ya sabré quienes son.

—Ni te gastes, no hagas pavadas que pueden ser perjudiciales. Gané y punto. No habrá caza de brujas ni ninguna ridiculez de esas contra quienes votaron por Susana. Demostró ser una buena candidata y la respeto. Siempre la respeté como persona, ahora la respeto como cuadro sindical también.

—Está bien, Bernarbez, simplemente me preocupa que haya tantos compañeros que sean falsos. Falsos y morbosos. Porque el morbo sobre tu vida privada y la de ella también jugó fuerte. Estoy seguro.

—Sean lo que sean, tendremos su apoyo cada día que esta organización en donde trabajamos siga funcionando de una manera en la que nos sintamos mínimamente beneficiados. Y todos queremos eso. Tanto los que votaron por Susana como los que votaron por mí. La diferencia es que yo sigo siendo el líder aquí y, por lo tanto, sigo teniendo la última palabra.

—Me consuela saber que sigas cómodo como delegado de todos nosotros. Y que tu autoridad siga siendo tan firme cuando hablas de esa manera.

—No queda de otra, compañero Gustavo. No hay alternativa por el momento —luego de saludarlo y quitárselo de encima para, de una vez, volver a su trabajo, se pone jocoso y pregunta —¿Querés saber una cosa? ¿Vos querés saber por quién voté?

—Vamos, José, no me vengas con chistes. Votaste por vos.


—No —responde—. Voté por Susana.

lunes, 8 de mayo de 2017

El delegado (Segunda entrega)

Autor: Maximiliano López


Mientras José realiza las labores propias del delegado, en uno de sus pocos momentos de tranquilidad y soledad, entre los reclamos y consultas de los trabajadores del Ejército, se pregunta cómo es que Susana, Susanita, osó postularse como candidata a delegada y disputarle su modesta parcela de poder en la gigantesca maquinaria sindical. ¿Qué fue lo que la llevó a la actual situación? Cavila, mientras revisa unas planillas con datos actualizados de la afiliación a la obra social de sus compañeros. Si alguna vez, concluye Bernarbez, se habló sobre la posibilidad de que Susana participara en política gremial, se habrá tratado sin dudas de un chiste, o al menos así lo entendió él. Jamás hubiera pensado, antes de saber que ella se presentaba como candidata a delegada, que podría hacer algo así.

—¿Será despecho? Hace dos años que no estamos más juntos —continúa reflexionando—. ¿Habrá esperado todo este tiempo para postularse? ¿Lo tenía todo preparado? Uno no sabe que esperar de las mujeres. ¡Y menos de alguien como Susana! Hasta donde yo sabía, no le interesaba la política gremial, lo que es más, la política en general. Evidentemente —piensa Bernarbez— esta situación en la que estamos envueltos, que le cuesta soltar, y a mí también claro, en la que es sencillamente imposible ir de lo idílico a lo material, ha sido un motor que la empujó a hacer cosas impensadas, como pretender arrebatarme el puesto de delegado.

 José, absorto en sus pensamientos obsesivos, buscando, una vez más, el porqué de la sorpresiva convicción de su ex pareja, de considerarse un potencial cuadro sindical, y llegando, una vez más también, a esa misma respuesta, siempre salida unilateralmente de su cabeza —jamás consultado con ella— infiere que el resentimiento puede llegar a ser muchas veces el motor que mueve al ser humano, a la Historia misma. ¿Pero hará Historia Susana siendo la primera delegada femenina entre los trabajadores del Ejercito de Caridad seccional Capital? José se encuentra cada vez más cercano a un nihilismo de “ya fue todo” que, parcialmente, es producto de su culpa eterna, de esa pulsión por arrojarse mierda en sus propias decisiones, como con su relación con Susana. Otro poco es por hartazgo.

Hartazgo hacia sus compañeros, ante todo, que del consenso que caracterizó a la delegación sindical, dan luz verde hacia su resquebrajamiento. Que este acuerdo no ha dado del todo magros resultados sino —según el propio punto de vista de Bernarbez, y se jugaba éste que de gran parte de los trabajadores del lugar también— todo lo contrario, que gracias a sus gestiones gozaban de beneficios que otras delegaciones del sindicato no cuentan. Pero así y todo, estos compañeros conceden que se geste una línea opositora a la autoridad que ejerce el actual delegado desde hace más de quince años. Esta dinámica política al interior del grupo de trabajadores comienza a ser interpretada por José, en sus pensamientos cada vez más intensos y paranoicos, como una señal de total desconsideración hacia sus esfuerzos. La gota que amenaza con rebasar el vaso de su paciencia y comprensión.

Para contar con compañeros así mejor no cuento con nadie —piensa el delegado, quien trata de llamarse a recato y tratar, a su modo, de entender que los tiempos cambian y la comunidad también. Pero que pese a esos cambios, como decía el general Perón, la comunidad debe estar organizada. Concluye que se está gestando en él la necesidad de una cohabitación entre sus sentimientos de hartazgo y desilusión con el mundo gremial y una esforzada apertura y empatía con la palpitación de cambio que parece estar tomando forma dentro del cuerpo de trabajadores del Ejército de caridad. Necesidad para poder comprender los cambios y discernir de una vez por todas cuál sería la mejor manera de fortalecer a la delegación, en caso que pase lo impensado.

—Si llega a ganar Susana, simplemente aceptaré las cosas como son y me haré a un lado. Ofreceré mi mano para ayudar y seguir sacando adelante a este lugar. O bien podría pedir que me transfieran a otro lado. Quizás esa sea mi mejor manera de ayudar en tal caso. No estaría nada mal empezar de cero en el Ejercito de Caridad de… no sé, Santa Rosa —piensa.

En ese maldito hartazgo, en ese cansancio de la vida cotidiana que lo aplasta, su hijo, su ex esposa, su ex pareja, el sindicato, sus jefes, sus compañeros, comienza sin embargo a abrírsele una vía de escape: sí, la posibilidad de irse a otro lugar, inhóspito y lejano, siempre, eso sí, bajo los mantos protectores del Sindicato y el Ejército. Está confiado en que los años de congraciamiento con el establishment de la ATECYD pueden mover montañas y que las autoridades accederían ante una tal petición.

De repente, la posibilidad de alquilar una casita en las afueras de esa ciudad, que tenga al menos una ventana mirando a la inmensidad del vacío pampeano o, en el mejor de los casos, un terrenito mirando a la vastedad de esa nada que presagia la hostilidad patagónica, se perfila como su sueño definitivo, su última morada en donde apostaría, al menos, encontrar algo cercano a un rudimentario y ascético bienestar.

Sumido José en el transitar de esta ensoñación inédita, alguien golpea a la puerta de su pequeña oficina, un ambiente que solía ser un baño. Quien golpea es Andrés, el encargado de coordinar a los trabajadores del sector de artículos electrónicos del Ejército de Caridad. Le avisa que han llegado los veedores. De un hondazo es bajado Bernárdez a la gris realidad, debe ahora facilitarles a los veedores del Sindicato la consecución de los preparativos del acto electoral. Algo empieza a cambiar en el delegado. O al menos, una intención antes inerte, ahora latente, de fugarse, comienza a expandirse por toda su mente y espíritu. Una revolución silenciosa también está teniendo lugar en él. No obstante, la dualidad entre el deber y el querer sigue en pie, atormentándolo segundo a segundo, erosionando su resistencia, su temple, su autoridad.

El lugar elegido para la adecuación de los veedores con las planillas, el padrón y la urna es el espacio comprendido entre la cocina-comedor y el gimnasio de los trabajadores de la sede Capital del Ejército de Caridad, en la vasta terraza de la edificación, a la luz abrasiva del sol de mediados de noviembre. La urna, exhibiendo el logotipo del sindicato, se dispone en dos mesas de plástico, junto con el padrón, conformado por cuatro hojas con la relación de los nombres y apellidos de cada trabajador del Ejército de Caridad afiliado a la organización.

Completa la composición un termo con agua hirviendo y un mate rebosante de yerba y azúcar, listo para ser tomado por uno u otro de los veedores. Éstos están sentados detrás de la mesa en dos sillas, de plástico también. Como último acto previo a la puesta en marcha de la votación, es habilitado el gimnasio como cuarto oscuro en el que el improvisado staff logístico para las elecciones, conformado por dos trabajadores del sector de electrodomésticos usados, acomoda las boletas de uno y otro candidato.

Junto con los observadores del proceso electoral, miembros de la seccional capital del sindicato, la organización también se hace presente a través de asistentes para exhortar a los trabajadores a inscribirse a la obra social y a la carrera anual de diez kilómetros que organiza la ATECYD, que lleva el nombre de quien es su secretario general desde hace ya tres décadas. Un hombre providencial del vasto universo sindical que, al igual que otros pro-hombres en ese mundo, vienen sobreviviendo a las transformaciones del Estado, la sociedad y el mercado no sin consolidar sus hegemonías. Y el culto a la personalidad es tan solo una de las herramientas de un mecanismo de resistencia orientado al fortalecimiento de un espacio de protección colectiva en el que los trabajadores, si bien no todos, encuentran cobijo. Y aceptan las reglas del juego con tal de detentar algo de la estabilidad que aún irradian los sindicatos a una fracción que cada vez representa menos a la totalidad de la clase trabajadora en la posmodernidad. Sumida, al menos en este país, en más de un cuarenta por ciento en la actividad económica informal y sin ningún leviatán sindical que la proteja en ese estado de la naturaleza.

A José le importa un bledo si el secretario general incurre o no en excesos, con tal de que se comparta al menos un porcentaje menor de ese bienestar del que se disfruta en la cúspide. Lo que se discute ahora es quien será aquélla o aquél que administre esa parcela de privilegio que el sindicato le asigna a la delegación gremial del Ejercito de Caridad sede Capital. Y José, a su pesar, tiene la mente puesta en ello, barajando decisiones y alternativas ante cualquiera de los dos escenarios posibles: la victoria o la derrota.

En medio de esa presencia importante del sindicato durante el proceso electoral, que sin lugar a dudas altera la vida cotidiana de los trabajadores, quienes de apoco van tomando presencia ya sea para votar, comer o viceversa, pues ya casi es la hora del almuerzo y empiezan a olerse las empanadas que con esmero y dedicación la cocinera prepara, Bernarbez siente que los ojos de la mayoría posan sobre su persona. La historia entre José y Susana es conocida por todas y todos allí. La gente del sindicato también está al tanto. Ese affaire es el condimento principal que le da a esta elección de delegado algo particular. Y es que no sólo se trata de una elección competitiva y democrática inédita, sino que, también, la vida pública y privada de los candidatos se entremezclan. El morbo se maneja silenciosamente entre los compañeros y compañeras por respeto a ambos. A José por ser la autoridad sindical en el lugar. Y a Susana por ser una figura con gran ascendiente o, al menos, el suficiente como para plantarse frente a su ex.

Los trabajadores, o la mayoría de ellos, sienten un profundo respeto hacia el delegado. Compañeros que hace rato o recientemente se incorporaron al trabajo que se realiza en el Ejercito de Caridad lo tienen como un protector. Casi todos le deben un favor. No es un respeto infundado en el temor. O quizás un poco, pero se trata posiblemente también de uno basado en la admiración y agradecimiento. Seguramente habrá quien lo deteste por alguna u otra razón particular o una medida implementada. Pero la valoración en general es positiva. Muchos de ellos han comenzado a trabajar en el Ejército gracias a él. Muchos han salido de algún apuro económico gracias a él. Puede hablarse de un costado paternalista, mesiánico y caudillesco del delegado. Que no es ni más ni menos que la reproducción, a una pequeña escala, de las prácticas sistemáticas en el sindicato desde arriba hacia abajo y del mundo sindical en general. Un modo en el cual se reproducen tanto beneficios laborales para todos los trabajadores agremiados como la hegemonía de quienes ostentan alguna posición de autoridad desde el secretario general hasta el delegado gremial.

La “plataforma” electoral de Bernarbez promete la continuidad, la reproducción de esa cultura política. En concordancia con la cosmovisión ortodoxa del sindicalismo a la que adhiere, no sin algunos reparos, José sugiere que su gestión es la mejor opción electoral. La única viable. Una suerte de There Is No Alternative manejada por el ala tory del sindicalismo nacional. Susana, por su parte, representa más o menos ese mismo modelo: no propone ningún cambio importante ni escapa a ese mantra. La ATECYD no es una organización sindical que se caracterice por contener en su interior a sectores disonantes, que cuestionen al liderazgo del secretario general o el estilo y la cultura político-sindical imperante, en la disputa por el poder. Sin embargo, alrededor de Susana está Romina, una reformista que aboga por la inclusión de al menos un par de puntos diferenciales y “combativos” en la agenda, como la necesidad de que haya apoyo psicológico para las compañeras y poner el baño de mujeres en mejores condiciones, así como por una mayor presión en la puja salarial.

La modesta expansión de derechos propuesta por elementos de la lista opositora encabezada por su ex mujer es vista por José como gasto innecesario de recursos ¿Una psicóloga presente en el lugar de trabajo? ¿Para qué? Si la obra social del sindicato cubre ese aspecto. Lo del baño de mujeres es discutible y negociable. Pero es de las pocas cosas negociables en una agenda inviable.

—Le deseo a Susana la mejor de las suertes si es que gana. Me gustaría que me acompañara en mi nueva vida en caso de que yo perdiera pero… bueno, ella ganaría y ocuparía mi lugar. Al final nos las terminamos arreglando para borrar toda posibilidad. Sólo puedo esperar que sea bien aconsejada y ofrecerme para ayudar, aunque sea a la distancia, en lo que pueda —piensa, mientras escucha discutir a Romina, su principal asesora, con un compañero del sector de muebles, mitad en chiste, mitad en serio. En ese momento aparece la contrincante del delegado y la tensión baja de nivel. José la mira pero luego evita cualquier contacto visual con ella hablando con alguna de las personas que hacen fila para votar. Nada de política, sólo cosas laborales y sindicales.

Mientras los agentes del Estado de Bienestar sindical se encargan de persuadir, inscribir y atender consultas de los trabajadores en torno a la obra social del sindicato y, en menor medida, avanza la inscripción a la carrera atlética, la votación comienza. También es la hora de la comida y la terraza del Ejército de Caridad reboza de gente. Todo transcurre con cierta armonía y distensión. José trata de controlar que todo suceda de esa manera. Ofrece empanadas a los veedores y a los asistentes de inscripción a la obra social y a la carrera del sindicato. Todos aceptan gustosos la comida del día acompañada de unas gaseosas.

En medio de todo el jolgorio de compañeros que hablan y bromean entre sí, y una cierta división que puede notarse entre las mujeres y los hombres respecto de sus preferencias electorales, los candidatos comienzan a conversar pues la tensión es insoportable. El dialogo se da de una forma tímida e inhibida. La última vez que hablaron fue cuando se hizo pública su candidatura a delegada gremial del Ejército de Caridad.

—Todavía no entiendo por qué te pusiste de candidata a delegada.

—Siento que puedo hacer cosas buenas por todos nosotros. Pero me parece que no lo comprendés y pensás que lo hago para molestarte.

—No digo que lo hagas por eso. Es un cargo que puede llegar a excederte, vos sabés bien, estuviste al lado mío y tenés más conocimiento que todos aquí sobre lo que exige el puesto, uno asume muchos compromisos y se siente permanentemente tironeado por varios intereses a la vez, no es un deporte defender a los trabajadores, darles la porción disponible de torta para repartir, procurar que sea la porción más grande posible y que deje satisfechos a todos o a una mayoría, atender reclamos puntuales de los compañeros, bancar las presiones del sindicato y de los patrones, en fin… mirá, debo decir que tu decisión sigue sin dejar de sorprenderme. Y que, si me ganas,  me gustaría ayudarte a pesar de mi falta de comprensión.

—Eso es lo que me gustaría, que me puedas ayudar si gano. Y si no lo hago, que me tengas en cuenta. Juntos podríamos hacer cosas grandiosas aquí. Y también para nuestra vida.

—No creo que sea bueno que volvamos, y menos en las circunstancias que proponés. Estás llevando todo a un extremo peligroso. Pretendés que de una u otra manera integremos nuestras vidas. Pero la verdad que no puedo. Yo quiero lo contrario. La verdad es que te sigo queriendo mucho, pero se me hace difícil verte, queriéndote de esta manera y no estar juntos. Sabés que no podemos estarlo porque mi vida es complicada. No quiero mezclarte en mi trabajo. Me gustaría que estés en otro lugar, pero no es así. La única manera que se me ocurre de dejarte tranquila a vos y estar tranquilo yo es separar mi vida de esta rutina yéndome de la ciudad. Trabajar en el Ejército de Caridad, pero de otra ciudad. La más lejana posible. Eso, en el caso que pierda esta elección.

—Bueno, yo te ofrezco que hagamos las paces, no te estoy hablando de volver, simplemente de que nos tengamos en cuenta en este ámbito y vos me decís que querés irte si llego a ganar la elección. Cosa que sabemos no sucederá. Parecés una persona sobria, parca y mesurada, José, pero a veces podés llegar a ser muy dramático.


—Me gustaría que vengas conmigo a ese lugar lejano, pero ganarías la elección en ese caso —le responde José, quien no tiene otra cosa mejor para decirle. 

domingo, 30 de abril de 2017

El delegado (Primera entrega)

 Autor: Maximiliano López

Jueves, son las seis de la mañana, una madrugada fresca que presagia, no obstante, un día de calor a mediados de noviembre. José Bernarbez se levanta de la cama de dos plazas en la que duerme solo. Vive con su hijo en una casa de dos ambientes en los límites de Nueva Pompeya y Parque Patricios, a unas cuadras del mismo parque, en una zona conformada por casas y fábricas, algunas abandonadas, otras reconvertidas en oficinas y una minoría en funcionamiento y sin reconvertir que, tan solo al transitarla, irradia una melancolía entre gustosa y aplastante. Como la que constituye gran parte de la esencia de José. Tiene dos hijos, ya grandes, de su primer matrimonio. Eduardo, uno de ellos, de treinta y un años, está desempleado y vive con él. Esta vez se despertó temprano porque durmió mal, al igual que el compañero Bernarbez, quien le pregunta a su hijo si el mate que está tomando está caliente o está frio.

—Hace diez minutos que me colgué viendo facebook— le dice Eduardo.

—Con esa actitud no veo que vayas a encontrar laburo. ¿Por qué no me hacés caso y laburás en el Ejército de Caridad, conmigo?

—Prefiero quedarme buscando trabajo acá. Y facebook sirve para encontrar trabajo también, aunque no lo creas ni logres comprenderlo. No quiero estar bajo tu sombra. Sos un tipo jodido.

—Se hace lo que se puede. No voy a ser distinto si a mi manera de siempre todo sale más o menos bien.

—¿Ves? Por eso te digo, todo tiene que ser a tu manera. Y estoy podrido de eso. Prefiero seguir buscando laburo en internet.

—Entre la poca voluntad que ponés, la cantidad de demanda que hay y la poca oferta para la carrera que estudiaste, lo de encontrar laburo la veo más difícil que encontrar un anillo en un balde lleno de diarrea de hipopótamo.

Eduardo sigue viendo absorto su computadora y Bernarbez, ya acostumbrado a los cortes de su hijo, convencido que es un pelotudo, que en algún momento se dará cuenta y abandonará gradualmente su vida disipada, como lo hizo él en un pasado más o menos lejano —no sin grandes penas—; enciende la hornalla para calentar la pava y se pone a cortar un pan blanco de un día para preparar unas tostadas y untarlas con queso y miel. Ese desayuno, austero, apetecible sin embargo, se perfila como un pequeño momento de sosiego para ambos antes de echarse a andar en el día. No sería un día cualquiera de todas maneras, al menos para José y los trabajadores del Ejército de Caridad, pues según dicta el sindicato bajo el que están agrupados, la Asociación de Trabajadores de Entidades Civiles y Deportivas (ATECYD), el día dieciséis de noviembre de dos mil dieciséis debe celebrarse la elección de delegado gremial, representante de los trabajadores del Ejercito de Caridad, seccional Capital, ante el sector directivo de la organización y el sindicato.

José Bernarbez no es un elector más ni un trabajador más, es el delegado gremial de los trabajadores del Ejército de Caridad. Lo es desde hace dieciséis años. Fue electo cuatro veces consecutivas. Siempre ha estado alineado al frente dominante dentro del sindicato, que sostiene a quien es su secretario general desde hace treinta años. José comenzó siendo un delfín, un número puesto por su antecesor como delegado en el Ejército, allí por el año dos mil, cuando éste fue sucedido por jubilarse. De allí en adelante cimentó, con un estilo sobrio y pragmático, una modesta pero nada desdeñable carrera en el mundo sindical. Congraciándose tanto con los trabajadores del Ejército de Caridad como con la patronal y el sindicato, en una suerte de bonapartismo construido con los elementos disponibles y aprovechando y ensanchando, en lo posible, el margen para pedir beneficios de impacto entre los trabajadores a los que ha representado hasta ahora. Bonapartismo austero, sí, pero que deja contentos, en la medida de lo posible, a todas las partes. Ese consenso alrededor de su figura le ha valido para sus posteriores relecciones como delegado gremial.

Más allá de la tranquilidad que otorgan esos antecedentes y la posición aparentemente consolidada de José Bernarbez como figura de autoridad en el mundo sindical y ante sus pares como delegado gremial, mientras ceba y toma mate, come sus tostadas producto del pan húmedo y gomoso bien aprovechado, y le convida, a su vez, mate a su hijo, que sigue scrolleando la red social, se siente preocupado, particularmente inquieto. Sabe que esta elección no será igual, porque esta vez no se presenta como único candidato: esta vez hay un contrincante.

Una línea opositora se ha abierto en la otrora tranquila interna de la delegación gremial del Ejército de Caridad. A sus cincuenta y ocho años, el compañero Bernarbez no esperaba encontrarse con tal escenario. A él nunca le gustó la complejidad de la rosca política y sindical. Es más, nunca le gustó mucho la política ni los procesos electorales. Su posición de líder se la ganó como “el sucesor de”, puesto desde arriba.

Una vez ahí, de arriba hacia abajo, mediante elecciones a las que se entró siempre en bloque, alrededor de un solo hombre, del Secretario General, como lo dicta la tendencia en el sindicato, fue construyendo legitimidad. Siempre se sintió cómodo ejecutando órdenes de arriba, mandando y disponiendo, desde su parcela de poder, a las bases que representaba. Ha sabido calzarse el traje de líder: uno sin carisma, pero con llegada y empatía hacia sus pares. Un administrador de recursos y un protector paternalista.

—¿Y qué vas a hacer hoy?— le pregunta Bernarbez a su hijo.

—Lo mismo que todas las mañanas, Pinky, tratar de conseguir un trabajo— le responde Eduardo.

—¡No me vengas con chistes pelotudos! Más vale que vayas a entregar los curriculums que dijiste que imprimiera y que no te quedes fumando porro en una plaza.

—Puedo hacer las dos cosas a la vez.

—No te hagas el canchero, pelotudo. Porque te voy a meter de prepo a laburar conmigo y se te acaban las vacaciones que estas tomando.

—Que seas un delegaducho no implica que me trates así. Sólo estoy haciendo un chiste.

—Me parece que te estás pasando de listo. Yo no voy a tolerar que me trates así. Me gustaría que, realmente, algún día puedas cambiar y acostumbrarte a no siempre conseguir lo que deseás. O al menos a entender que lo que deseás implica un esfuerzo y que no siempre lo vas a conseguir.  Si no hay trabajo de lo que te recibiste, de comunicólogo, tenés que agarrar lo que venga. Luego de agarrar lo que venga, las oportunidades están ahí, siempre están ahí para poder acercarte un poco más a lo que te gustaría hacer. ¿Te cagaría laburar conmigo cargando cosas, llevando de un lugar a otro ropa, televisores, radios, computadoras? Pensá en las posibilidades que se te pueden presentar jugándotela por esa opción. Está bravo conseguir laburo y no hay que ser tan tonto. Mirá si después se te abre, no sé, la posibilidad de encargarte de manejar la prensa y la comunicación del Ejercito de Caridad… o del sindicato. Yo ya te lo propuse más de una vez… puedo ayudarte, pero si vos cooperás. Antes tenés que saber agacharte a juntar las monedas que se les cae a otros o te tiran. Conmigo de arriba no vas a empezar.

—Sabés que tu mundo no es mi mundo. No voy a trabajar para ustedes, ni voy a trabajar donde vos trabajás.

—Si fueras menos tonto y vanidoso, menos aburguesado, lo pensarías de otra manera. Pero no voy a seguir insistiendo. Espera un día complicado— dice Bernarbez a su hijo y se va del PH sin importarle si su hijo sabe o no que la gestión de su padre será plebiscitada por sus pares.

La escasa autoridad de Bernarbez sobre su disipado y quedado hijo amenaza con extenderse hacia su reino gremial. Piensa que, al menos, debería tener una cierta ansiedad sobre como saldrán los resultados, pero no se inmuta. Mientras viaja en el 91 que lo deja a dos cuadras de su lugar de trabajo, no piensa en el resultado. Prácticamente no teme por su futuro como delegado. Si esa otra persona lo expulsara o no diera su lugar como representante gremial,  para él no representa ningún problema ni una pérdida de privilegios. Jamás ha pedido grandes favores al sindicato ni ha usado su posición para lograr ventajas con los patrones de la organización de caridad.

Siempre vivió con lo justo y si ha ahorrado, lo hizo para su casa, algún capricho improbable y su auto, un Renault 12 que dejó a su hija menor, Leonor, visitadora médica, de 27 años. No ve con zozobra una posible salida de su posición. Para él sería, en el mejor de los casos, una pequeña brisa de alivio sobre una vida apesadumbrada de la que él se hace cargo con gusto pero sin entusiasmo, con un sincero pero tímido orgullo cuando piensa y expresa sus aciertos en lo personal, profesional y gremial.

Por supuesto que sería un escenario muy remoto, difícil de imaginar, aquel en el que se viera apartado de esa modesta parcela de poder. Algo que no vería con malos ojos que sucediera, pero justamente por su calidad de lejano -pues vaya que le gusta jugar con escenarios lejanos, que no amenacen su estabilidad como trabajador y sindicalista.

Sin embargo, José ya está hastiado, cansado. Y su cara, degastada por el trabajo y el poder que reposa sobre su persona, es una señal de ello. Más ha sabido lidiar y apegarse, a su modo estoico pero silencioso, no sin algún extraño y endeble pero constante placer, a su poder y responsabilidad como delegado sindical de un ciertamente nutrido grupo de trabajadores que se desenvuelven en una de las organizaciones de empeño y caridad más grandes del país y el mundo. Lidiar y apegarse a la responsabilidad que emana de su poder como delegado de la seccional Buenos Aires de los trabajadores de esta organización mundial. Uno que no es para cualquier trabajador.

José Bernarbez reúne todas las condiciones para ser de esos trabajadores que, a la vez, ocupan funciones delegativas sindicales. Y pensaba que ello había quedado claro entre sus pares a lo largo y ancho de su modesto imperio. Sin embargo, una revolución silenciosa parece estar confabulándose. Una fuerza opositora a su austera, justa y responsable gestión se organizó y la interna parece estar viviendo un momento de vértigo que a él, en el fondo, le molesta por una sola razón en particular: quien lidera esa corriente interna, esa voz disidente entre el coro de satisfechos y conformistas por sus logros como administrador de recursos, es su ex pareja, Susana Olmos.

Susana es una mujer con quien José convivió durante cinco años, trabajadora de hace tiempo dentro del Ejercito de Caridad, incluso con más antigüedad que José. Se conocieron allí, han sabido ser felices juntos, inesperadamente encontrando en el otro la clave para estar contentos ante una vida y un mundo que parecía les había cerrado todas las puertas de la felicidad. Una última esperanza de estar lo más cercanamente posible a la plenitud. Las decisiones tomadas, en especial por Bernarbez, contribuyeron a socavar la relación. La cruz que el delegado lleva sobre su espalda, las responsabilidades y la culpa –que siempre han podido más sobre su vida- lo alejaron de Susana. Ella se había enamorado perdidamente de José, pero él no había podido parar esa inercia negativa rechazando entregarse enteramente al amor. O al menos, a una cohabitación entre la felicidad y las obligaciones. Terminó cediendo a lo último: puras reglas y ninguna excepción.


El delegado llega a su lugar de trabajo y se saluda con Gustavo Pozzi, uno de sus fieles lugartenientes en el organigrama de la delegación sindical, y encargado de coordinar los fletes. Con aparente serenidad y parsimonia a la vez que con su voz entre ronca y grave, no puede evitar preguntar sobre los comicios. Gustavo lo tranquiliza y le comunica que todo transcurre en total normalidad.

—No hay ningún indicio importante de apoyo para Susana. Quedate tranquilo. En una hora van a llegar los del sindicato con la urna y la lista de empadronados. Vas a ganar y por una gran diferencia, confia en lo que te digo— le responde Gustavo.

—Estoy tranquilo. Pero también molesto. Quisiera que este día o que, al menos, el momento de la votación pase rápido. Es una pesadilla que Susana esté metida en esto, ¿para qué?

—Son cosas de mujeres. Creo que a Mandela la mujer también se le retobó ¿no?— dice Gustavo, sacando chapa de sus nebulosos conocimientos sobre política internacional.

—¿Así que soy como Mandela? Dejate de joder, Gustavo— le responde José, quien luego ríe ligeramente, algo no muy normal en él, sugiriendo ligeros nervios que se apoderan de su persona, y le dice a su lugarteniente que no pierda más tiempo y coordine un traslado de muebles con un flete para una iglesia en Villa Lugano que está encargado para hoy desde hace una semana atrás, pero Gustavo se queda unos minutos más para decirle los pormenores de la lucha electoral. Le explica que casi todos los sectores donde los trabajadores del Ejército de Caridad desempeñan sus tareas están alineados a su figura, pero quizás Susana tenga arrastre en las mujeres, en especial sus amigas.

—Y también puede tener arrastre en quienes me quieren ver fuera de mi posición como delegado, lo mismo hombres o mujeres. No me importaría a fin de cuentas si soy desplazado —le dice, mientras se sirve un café en la cocina de la organización, ubicada en la terraza del lugar—, aunque me parecería absurdo que pierda yo, que he transformado las condiciones de este lugar para que los compañeros estén más a gusto con sus labores, pero repito, no me importa. Lo que sí me importa es el hecho de que se trate de mi ex novia queriéndome arrebatar el puesto. Y ni siquiera es por puesto mismo. Me da bronca que tan solo piense en hincharme las pelotas, a sabiendas de que muy posiblemente sea una pérdida de tiempo… ¿Y si gana? ¿Qué es lo que puede hacer? No la veo como alguien que pueda dirigir a todos aquí. Quizás a sus amigas sí, estas mujeres la consideran un gran referente… pero el resto la va a subestimar, la querrán manejar, tratarla de tonta.

Gustavo le reitera que no hay de qué preocuparse, que más allá de cierto apoyo femenino no habrá sorpresas. Los trabajadores de la sección de artículos electrónicos, electrodomésticos y muebles están unánimemente identificados con la gestión de Bernarbez. El sector disonante es el de Indumentaria, allí donde se agrupa la rama femenina de los trabajadores del Ejercito de Caridad. Pero afirma que, en general, se impondrá el voto por mantener las cosas como están.

Las suspicaces miradas de dos mujeres que se están sirviendo el desayuno, hacen que José y Gustavo paren la conversación. El último se dirige a hacer su trabajo. José se dispone a hacer lo mismo, pero es increpado “amistosamente” por Romina Martínez, una de las chicas que arduamente ha venido trabajando por posicionar la candidatura de Susana.

—Cuidado con lo que pueda pasar hoy.

—No voy a hacer nada para forzar ningún resultado a mi favor, si a eso te referís.

—Entiendo que no sos así. Sos un tipo respetuoso y limpio en estas cosas. Me refiero a que tal vez pensás que es un chiste que se presente Susana y estás dando por hecho que vas a ganar por mucha diferencia.
—No pienso que sea un chiste ni mucho menos, me estás confundiendo. Pero es bastante molesta esta situación de lidiar con una mujer como Susana, desafiándome en algo en lo que es inexperta. No quiero saber si su aventura esta de postularse como candidata a delegada fue una idea tan solo de ella, o alguien le estuvo picando la cabeza. ¡Lo que está claro es que su candidatura es para joderme!

—No es para joderte, pero bueno, veo que no aceptás otra justificación que esa. Es algo típico de los hombres, sabés, cuando ven que las mujeres les pisan los talones. Piensan que es personal, para joderlos, cuando lo que estamos haciendo con Susana es intentar que nosotras obtengamos más visibilidad en esta organización.

—¿Y no han obtenido suficiente durante mi gestión como delegado? ¿No consideran suficiente todo lo que les he dado? Yo soy delegado para todos: mujeres y hombres. Gracias a mí tienen una cocina, un lugar para sentarse y comer, un gimnasio, mejores condiciones laborales. Muchas cosas han obtenido los compañeros y compañeras gracias a que me he dedicado a ello día y noche durante todos estos dieciséis años.

—Nadie niega que vos trabajaste denodadamente para mejorar las condiciones en las que trabajamos. Y sí, agradezco mucho la cocina y el gimnasio. Sin embargo, la plata cada vez alcanza menos y este año el aumento del sueldo no fue muy redituable. Te estás anquilosando ya,  embriagado por los logros que mencionás y que te adjudicás vos como tuyos solamente, como si el resto de los que trabajamos aquí fuéramos no más que un dibujo o una masa sin cerebro.  Es momento ya de afinar las mejoras y de exigir mayores aumentos salariales y, en lo particular, avances para las mujeres. Con Susana como delegada, en cambio, las mujeres en este lugar -que no somos pocas- seremos mejor escuchadas en nuestras demandas, cosa que no sucede con vos. Tu gestión fue buena, pero hoy está estancada. Respecto al machismo imperante y al menosprecio hacia nosotras, poco o nada se ha hecho, y no veo que tengas voluntad para torcer esa realidad.

Susana entra al comedor y el diálogo se corta para desgracia de Romina, inspirada por los textos de Nancy Fraser que últimamente ha venido estudiando en sus esfuerzos por rendir Política y Sociedad en la Universidad donde está matriculada, y en la que avanza lo que le permiten avanzar sus obligaciones laborales, y para fortuna de José, a quien ya le estaba doliendo la cabeza de escuchar la perorata reformista.

El delegado mira a su ex novia y se saludan. Predomina el respeto mutuo aunque la tensión existe y puede cortarse con un cuchillo en el aire. Un intercambio cordial de palabras, y José se queda quieto mirándola mientras ella va a servirse unas galletas y un café. La relación terminó hace dos años pero, al parecer, su amor por ella sigue en pie y, sobre todo, su culpa por haber boicoteado lo que bien pudo ser su última parada para asirse a algo cercano, aunque sea lejanamente cercano, a la felicidad.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Otaria Flavescens

Autor: Carlos Mora

Mi llegada a Valdivia, Chile, no fue un acto premeditado. Una casualidad en el camino que pronto me convenció de quedarme, pues si bien al principio instalarme no fue fácil, la ciudad cumplía un requisito que busqué siempre en muchas otras partes: me hacía sentir lo suficientemente lejos. Valía la pena quedarme aquí por lo menos un tiempo, buscar algo que hacer y esperar algunas experiencias. Yo no conocía a nadie aquí (y a decir verdad tampoco en la ciudad que había dejado hace ya varios años). Mi búsqueda de un taller de poesía/literatura o un trabajo, se redujo poco a poco a largas caminatas por la Riviera del río Calle-Calle que bordea un sector hasta topar con su delta, que lo une con los otros dos ríos que circundan la ciudad. Mientras andaba fumaba casi compulsivamente. Después leía, a veces en una banca y cuando lo hacía en mi cama durante casi toda la noche fumaba aún más.

Conseguí en una casa de huéspedes una buhardilla barata que pagaba con el dinero de una renta que se me depositaba una vez por mes. Mi (casi) hogar se encontraba cerca del centro, bastaba caminar hasta el fondo de la calle y tomar unos escalones para encontrarme en una popular vía del primer cuadrante.

Valdivia es la segunda ciudad más antigua de Chile, mantiene una fuerte presencia Alemana debido a la colonización de 1845, la cerveza es buena y los germanos se sienten como en casa debido al clima y paisajes similares. Aparte de los atractivos turísticos el lugar es más bien sereno y ordenado. Una de las peculiaridades son los lobos marinos que se acercan a las calles, toman el sol a orillas del río y la gente, al menos los lugareños, parecen no inmutarse. Según escuché a un chileno decir: ellos estaban aquí antes que nosotros, ¿para qué molestarlos? Algunas veces las aglomeraciones son mayores, o algún empedernido se interna más de lo que debería en lo profundo de las calles y es cuando intervienen los carabineros (policía local). Los turistas son los más entusiastas a este respecto, forman círculos alrededor de algunos, toman fotografías, ríen. En mi calidad de viandante observé un día a un hombre, posiblemente estadounidense, jactarse de intrépido mientras se acercaba a un ejemplar enorme que acababa de emerger del agua. Su familia aguardaba unos pasos atrás para fotografiar el suceso hasta que el león, que como me enteré después era bien conocido por los locales y hasta tenía un apodo, lanzó un rugido sepulcral que ahuyentó de dos pasos al turista. Los pinnípedos son animales muy sociales pero supongamos que éste no había pasado un buen día. Imaginé cuál sería el alcance de una mordida proveniente de tan colosal mandíbula. Me levanté en el acto. Observé por última vez al león y mientras lo hacía, del agua gélida surgieron otros tres. Encendí un cigarro y perfilé hacia mi casa.

En la noche, acostado junto a unos poemas de Neruda, evoqué la escena que presencié en la tarde, solté un soplido a manera de risa (hace años que no tengo carcajadas), me dejé ir en el hipnótico ascender del humo hasta el techo y empecé a quedarme dormido. Mi sueño fue de lo más raro. Me veía a mí, sumergido en el río hasta el cuello, mi cabeza era capaz de tener una vista completa de la ciudad, una ciudad que ahora parecía vacía y gris. Desde el malecón me sacaban fotografías pero sólo atinaba a ver los flashes, aturdido me dejaba caer al río, la corriente me llevaba. Desperté.

Cuando me disponía a tomar mi desayuno escuché el embrollo en el exterior de la casa, esto aclaró el porqué de la atmósfera incómoda y vacía que sentí al poner un pie en la cocina comunal. Los inquilinos observaban por las ventanas algo que yo no podía ver a través de sus cabezas, abrí la puerta para descubrir un león marino en nuestro jardín. Era enorme, posiblemente el doble de grande que el que amedrentó al turista. Incluso pensé en una morsa. Calle abajo se divisaban grupos de gente afuera de sus casas alrededor de más leones. Había confusión, no era normal que llegaran tan lejos. Otros grababan o tenían el móvil pegado a la oreja. Llamaban a los carabineros para alertarlos. Algunos, como yo, comenzamos a albergar, resignados, un mal presentimiento. Ahora más que nunca sentía la necesidad de dar mi paseo.

En el centro los bomberos y policía no eran suficientes, escuadrones portaban redes, los camiones los empujaban con agua de vuelta al río o al menos hasta un perímetro seguro. La gente se agolpaba en las ventanas, expectante. Les habían pedido no salir, a mí me pidieron regresar a casa, abstenerme de salir y esperar más noticias. La lógica dictaba que las cosas empeorarían y así fue. A media tarde en la radio ya anunciaban algunos muertos, leones y personas. Como si hubieran tenido una encarnizada batalla. Varios comenzaron a dejar sus casas. Yo esperé, yo siempre aguardo hasta que las situaciones son insostenibles.

La casa de huéspedes donde moraba estaba casi vacía. Salí a la calle a pesar de las sugerencias, lo hice, he de confesar, con algo de miedo. El aire cortaba como una espada hecha de hielo, algunos autos en la calle habían quedado varados con las puertas abiertas. Ningún auto puede pasar sobre un león marino de una tonelada, al menos ningún auto chileno. Pronto supe lo que tendría que hacer. Hice una pequeña maleta y resolví marcharme hacia el bosque siempre verde. Subí tierra adentro con la esperanza de encontrar una cabaña abandonada por el tiempo y por los leones. Cuando estuve lejos, en lo alto, dediqué una última mirada a la ciudad. Los pinnípedos se contaban por millares y seguían uniéndose más desde el río; del otro lado, una columna de gente abandonaba la ciudad por la carretera. Las gaviotas y pelícanos revoloteados formaban una densa nube, de las que sueltan trombas horribles y los graznidos y rugidos eran los truenos que sonorizaban la colonización.

Pasó mucho tiempo hasta que me sentí capaz de regresar. Una vez que lo hice volvió a ser cotidiano. Todo está lleno de deyecciones, las señales de la calle tienen óxido, las casas, usualmente hechas de madera se han pintado de verde por el moho. Cuando paso, los leones me observan, indiferentes. Hoy, mientras estaba sentado en una banca, un grupo de leones formó una media luna alrededor de mí, me miraban con curiosidad, ladeando sus cabezas. Creo que vi a uno golpear sus aletas delanteras, ¿fue eso un aplauso? Me levanté y regresé al bosque.

lunes, 10 de octubre de 2016

Muelle 1


Autor: Carlos Alberto Duayhe Villaseñor 

Vaya octubre

A Luis González de Alba y René Avilés Fabila

Si el 2 de octubre se resiste a la espiral inevitable de la desmemoria colectiva la respuesta misma está en muchos de sus participantes, directos e indirectos, que honran el profundo cambio que significa en la vida democrática de México, ese día.

Entre quienes contribuyeron de forma decidida a tan profundos cambios en la cultura y la política nacional brillan dos escritores, periodistas y catedráticos del más alto rango: Luis González de Alba y René Avilés Fabila, fallecidos respectivamente el 2 y el 9 de este, otra vez referido, octubre.

Tuve la oportunidad de conocer a ambos a finales de la década de los 70 cuando se fundó el diario Unomásuno. Puedo decir que fueron amigos infrecuentes aunque nunca dejaron de existir como maestros de las letras y el conocimiento sin ambages y espléndidos en compartir vida, sabiduría y pese a las distancias y destinos, amistad.

Alguna vez en los noventas encontré a Luis en calles céntricas de Coatzacoalcos. Cuando nos reconocimos le pregunté qué hacía en ese gran puerto tan lejano de su hábitat y sin mayor desparpajo y a carcajadas me respondió: “…en busca de un marinero griego”. Antes de despedirnos recuerdo que comentó otra vez sonriente que había pasado por varios planteles escolares y luego de dar un sorbo a un helado de nanche, soltó: “…todas las escuelas desde las primarias hasta la universidad huelen igual, a lápiz”.

René fue generoso y amigo de los amigos inquebrantable. Ejemplo de ello fueron Patricia Zama, Marco Aurelio Carballo, Fernando Macías Cué. Abrió las páginas de su revista El Búho a jóvenes y veteranos, escritores y artistas plásticos, sin mayores trámites, muchos le adeudan siempre gratitud, como su alumnos en las aulas de la UNAM y la UAM.

Hace un par de años le solicité publicar un cuento de mi autoría. Lo hizo en el Búho. Luego un diálogo en el Facebook:

—René: con profunda emoción y agradecimiento a ti ¡ya me publicaste el cuento Camelia! Abrazo amigo querido, siempre con afecto.

—No me digas nada, todo se lo debes a tu talento para escribir buena prosa. Un abrazo.

Y en su cumpleaños en noviembre anterior: 

—René, espero que hoy sea la fecha de tu cumpleaños. De cualquier forma muchas felicitaciones no sólo por la academia, la literatura, el periodismo, la edición, la lucha intensa por una nación de verdad mejor e intensa, democrática por más todavía de esto que es parte esencial de ti, tu calidad única y tu enorme amistad.

—Te mando como siempre todo mi afecto, Carlos.

Esta misma semana René escribió en la revista Siempre esto de Luis. Queda como testimonio de estos dos enormes mexicanos:

…Luis era un hombre de espíritu fuerte, valiente, un intelectual comprometido, dispuesto a tolerar la pluralidad pero no a rehuir la discusión. Luchó por la verdad: peleó con los suyos y los ajenos, desnudó a dos mitos, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. Tampoco cayó en las trampas que son Ayotzinapa, el “festín de las balas” que ahora se llama “2 de octubre no se olvida”, y jamás dejó de ser revolucionario en un país que así como antes fue priista hoy cree en patrañas llamadas de “izquierda” como el PRD, ahora aliado del PAN, y de Morena, el partido de un solo hombre, López Obrador. Fue impiadoso con sus rivales, pero nunca dejó de ser certero. No le importaron los reproches de internet, la “venganza de la gleba”. Pero la vida carecía de sentido: ¿para que luchar? Pienso que optó, como tantos otros seres sensibles, por la muerte voluntaria. El suicidio. La precisión me llegó a través de un camarada, Joel Ortega, y entendí la grandeza de Luis González de Alba, luchador social y hombre de amplia y polémica cultura”.

Vaya octubre.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Crónica Tibu

Fotografía: Luis Jiménez Chargoy
Autor: Giovanni Duayhe

La gama de tonos verde esmeralda, bandera y limón de la densa vegetación, ya varios kilómetros antes de llegar; los árboles de mango y el acento de los oriundos; una o dos pausas para ir al baño y el calor húmedo apenas bajar del coche te hace saber que has ingresado al sotavento veracruzano. La reventa comienza desde ahí, desde las casetas de peaje —¿les hace falta boleto?—. “Hoy el calor le pesará al visitante”, intenta uno autocomplacerse.

El “Pirata”, impecable, como siempre. O al menos, emocionante y alegre. El duelo directo por el descenso agrega un ingrediente especial al juego, y aunque no es un visitante que despierte una rivalidad considerable (Morelia), sí es un partido de más de 3 puntos.

La afición pasa a ocupar sus asientos: de todas las edades, géneros, clases sociales… Lo mismo la chica fresita del Fraccionamiento Reforma acompañada de sus hermanos, que los integrantes de la porra desde Río Medio, la “Pochota” y las colonias de la parte norte del Puerto. Sí hay un sentido de pertenencia vertido sobre este tradicional equipo.

Hugo Cid no tiene la culpa. Yerra un pase a los 20 segundos de iniciado el juego, y el futbol es cruel. La practicidad implacable del “Ojitos” Meza le da una lección al novato Marini, y en seguida cobra el error del futbolista escualo. El robo de balón se convierte en un centro y la potencia de Ruidíaz —esa potencia de la que carece el Veracruz— manda el balón a las redes. Apenas se estaban sirviendo las cervezas.

¿Cómo afrontar 90 minutos de juego por delante, después de ese error? Tristemente, los abucheos no se hacen esperar cada vez que el mediocampista toca el balón. Gaby Peñalba intenta calmar al equipo, estabilizarlo, y también al público, pero el marcador adverso de manera tan rápida marca el rumbo del resto del encuentro. O más bien la empecinada alineación de Pablo Marini.

Pudieron haber sido 5 goles de Morelia, fácilmente. Veracruz pudo haber marcado también 1 o 2 goles más. A la postre, el partido culminaría 1-3.

Para mala suerte de Marini, la cuantiosa porra de los tiburones ocupa la misma cabecera de donde desembocan los túneles que conectan cancha con vestidores. Durante gran parte del segundo tiempo, porra y afición guardan sus vasos para el final del encuentro.

Altivo —y vaya que al jarocho si algo le castra, es la pedantería— con ese paso de quien se aferra a un concepto, cruza en diagonal la cancha para dirigirse al túnel inflable, previsto para la protección de jugadores.

Los pocos granaderos, que como no queriendo se abocan a protegerlo con sus escudos, apenas logran contener la cascada de vasos y el raudal de líquidos. Con ese andar introspectivo, como presidiario dispuesto a cumplir su condena, el D.T. pagó soberbiamente la pegajosa venganza del aficionado. Hoy no cumplió, y la vox populi, algunas veces tiene la razón: ¡fuera, fuera!

El “Ojitos”, por su parte, fue saludado por la afición.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Para documentar el optimismo: fragmentos de “Elogio de las pasiones débiles” y otros relatos extraños


Larregui o la melancolía 

“…fue entristeciéndose. Tal vez por un gusto recóndito, por lo general inconfesable, se entregó a la melancolía, en última instancia tal vez al deseo de querer morir lo más pronto posible (y no entiendo por qué uno no puede o no ‘debe’ querer morir lo más pronto posible si se le da la ‘desolada gana’, como dice el poeta Miguel Hernández, de ‘morirse’). Pienso que se fue cansando de todo… menos, creo, es una creencia, de sus amigos. Una ‘pasión triste’ lo fue ocupando (y tampoco veo por qué deben criticarse o combatirse las pasiones tristes)… Hasta sus sonrisas parecían tristes, como arrancadas de un fondo impenetrable, como si fuera una concesión...”


Viva la alegría. Muera la alegría 

“…prototipo de ‘pasión débil’. Algo así como ese hombre al que se refiere Bobbio como siendo su ideal: el hombre manso. Esa mansedumbre que paradojalmente es la forma más honda de resistir esta modernidad técnica que está destruyendo el mundo y a nosotros con el mundo. Las ‘pasiones alegres’ nos están llevando alegremente al fin. Muchos de esos ‘sabios’ que ‘no piensan en la muerte’, según las palabras de Spinoza, están convirtiendo al mundo en un infierno”. 


Los inescrutables caminos del editor 

“Un buen día, y vaya a saber por qué, se le dio por editar libros, y editó –como debiera ser– unos pocos libros. Tal vez los editó para darnos el gusto a algunos amigos, tal vez pensando que ganaría algunos pesos… Quién sabe por qué, en ese punto incognoscible donde se decide hacer algo, alguien decide editar libros….” 


Más vale posmo que pre-moderno 

“Así fue. Paideia cerró y a los libros se los llevó (a nuestros amados libros) una librería de viejos de Buenos Aires (siempre el ‘puerto’ llevándose todo lo que puede). Y en el local de nuestras pasiones (débiles y fuertes) hoy se venden electrodomésticos”. 


Colofón 

Llegué a casa de la familia de Nico, que es un brother argentino. Llegué con ese güey. Me iba a presentar a su familia. Bajamos los dos del auto. Lo seguí. A la mitad del camino, se detiene de golpe, como si fuera un ademán calculado, y con mueca nerviosa e irónica confiesa: “No, boludo, no van a entender nada”. Regresé al auto. Y pensé en Cortázar, que decía que los mexicanos son seres extraños. “A güevo”.