martes, 16 de agosto de 2016

Cantinflas o el populismo o síganme los buenos


Arsinoé Orihuela

El diccionario de la Real Academia Española define “cantinflear” como la disposición de “hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”. Luego de discutir durante una suma generosa de años el concepto de “populismo”, en esas gélidas aulas destinadas a la instrucción de la Ciencia Política, uno llega a desarrollar una noción más o menos empíricamente exacta de eso que –con absoluta justicia para un comediante cuyo sello fue la acrobacia verbal sin contenido– se conoce como “cantinfleo”. En fin, después de esa “suma generosa de años” de insoportable inanición conceptual, juzgué urgente contribuir a enterrar una de esas palabras falsarias que algunos usan como "arma arrojadiza” y otros elevan a rango de categoría conceptual. Tengo certeza que no son pocos los que padecen el fastidio de la “cantaleta populista”. Por eso extiendo la invitación para participar del cortejo fúnebre de “populismo”. Síganme los buenos. 

Es difícil rastrear el origen de la palabra “populismo”, acaso tan difícil como llegar a un consenso acerca de su significado, por eso es que acá se arguye que no es propiamente un concepto, porque no connota ni denota nada preciso (que teóricamente es la precondición de un “concepto”). Etimológicamente refiere al “pueblo”, que es otra de esas palabras ambiguas. Algunos sitúan el primer acto de la idea de “populismo” en el período de la última república romana, que se usaba para designar a esos líderes populares que se oponían a la aristocracia tradicional. Otros afirman que la palabra apareció en el siglo XIX, en Estados Unidos y Rusia, simultáneamente, pero con significados diferentes. Ese registro geográfico e histórico es más o menos irrelevante, acaso porque se trata de un pseudoconcepto irrelevante para la discusión política. 

El léxico político es polivalente por naturaleza. Eso es cierto. Pero precisamente por eso habría que apostar a minimizar el efecto (siempre rentable para los sofistas) de la inflación palabraria. “Populismo” es una de esas palabras residuales e inútiles. Y no sólo por su vaguedad e imprecisión, sino también, y acaso más profundamente, por el uso intencionadamente ideológico (y perverso) que otorgan sus más conspicuos vociferantes. 

Acerca de la definición de “populismo”, no hay un acuerdo sobre qué es, y se esgrimen todas las prenociones que al emisor en cuestión se le ocurren: que es una ideología o un estilo o una estrategia, o bien, que puede ser discursivo o político o moral. 

Unos dicen que es nativista porque construye la noción de “pueblo” con base en la exclusión de los otros. Pero esa característica excluiría a Hugo Chávez, que –según la doxa de baja estofa– es el “populista” por excelencia, porque su proyecto político (bolivarianismo) apunta a la integración de los múltiples pueblos de la región por oposición al aislacionismo. 

Otros dicen que se trata de una actitud de polarización que involucra a una élite minoritaria y un pueblo mayoritario. Pero esa situación no es el resultado de un discurso o de algún decreto unipersonal: la asimetría socioeconómica es una situación objetiva. No es accidental que en todo el mundo se extendiera la consigna de “Somos el 99% (de la población) que tiene razones para estar indignada con el 1% (que son los ricos y poderosos)”. La desigualdad no es una ocurrencia de un líder caprichoso. La polarización es empíricamente real. 

No pocos señalan que el “populismo” es una forma de hacer política que carece de contenidos programáticos y que es compatible con una variedad de estructuras estatales. Hasta Cantinflas se asombra: “Tons, como quien dice… ¿Cómo dice que me dijo que dijo?” En realidad, tranquilamente podríamos reemplazar “populismo” por “partido político”. En el presente, las organizaciones partidarias son cheques en blanco sin programa, que una vez que consiguen conquistar el poder público se ponen al servicio de las agendas de los grupos económicos que definen los contenidos de la política. 

Los liberales más adoctrinados a menudo afirman que el “populismo” es una construcción maniquea de un “ellos” y un “nosotros”. Pero toda la historia del occidente moderno se basa en un maniqueísmo político e ideológico. Es amplio el inventario de antinomias supersticiosas de la modernidad: universalismo-particularismo, occidente-oriente, público-privado, desarrollo-subdesarrollo, ciencia-filosofía, cristianismo-islamismo, autoritarismo-democracia, etc. Todos los gobernantes en Estados Unidos sin excepción, invocan el trillado “choque de civilizaciones” (que se remonta a una presunta lucha entre un mundo cristiano civilizado y un mundo árabe bárbaro) para generar un clima de consenso domésticamente. Otros dirigentes políticos, que según los “teóricos del populismo” no figuran en el “círculo populista”, como Felipe Calderón Hinojosa (el señor de los casquillos), recurren a la misma fórmula maniquea del “ellos” y “nosotros”, y nadie nunca lo acusó de populista. En 2011 dijo: “Hacer acopio de fuerza, enfrentar y dominar el mal. Los mexicanos de bien estamos en el mismo bando y por eso no podemos dividirnos sino apostar a la unidad…” 

Los simpatizantes de eso que genéricamente se conoce como “populismo”, pero que francamente nadie sabe qué significa, arguyen que se trata de la construcción de un sujeto político en momentos de crisis institucional. Pero eso es una obviedad. Los sujetos políticos se construyen muy a menudo al margen de la institucionalidad y en respuesta a la crisis institucional. Se llama organización social de base. Que esa situación la capitalice favorable o desfavorablemente algún líder político es consustancial a los procedimientos rutinarios de la representatividad. Por añadidura, la construcción de un sujeto político auténtico es necesariamente de clase, no de pueblo. Lo políticamente fundamental es la especificidad de la ruta hacia la conquista del poder político por una clase social. Pero la noción de “populismo” hace abstracción de eso, y sus panegiristas optimistas sugieren, con rusticidad teórica, que es llanamente una “forma” de articulación política. 

Eso que llaman “crisis institucional” es una perogrullada. La institucionalidad, especialmente en América Latina, es una mera formalidad. En una región históricamente desahuciada en ese renglón, la política nunca se dirimió allí. En Latinoamérica no alcanzó una materialidad acabada la noción de citoyen, esa abstracción depositaria de garantías o derechos que es la precondición de eso que llaman las “instituciones democráticas”, ni ninguna de esas otras quimeras liberales que incluso en sus matrices geográficas occidentales carecen de valor u operatividad en el presente. 

Los coléricos maldicientes del “populismo”, que tampoco saben bien qué significa, sostienen que ese “incivil comportamiento” es una desviación de las coordenadas demo-liberales, que transgrede los equilibrios institucionales de una “democracia sana”. Pero insanos son los desatinos de esos liberales equilibristas que presumen neutralidad, acaso encantados con el misticismo de la rancia modernidad. Esos desatinos son tributarios de una interpretación adulterada de Hobbes. No entendieron que la prescripción institucional hobbesiana no aspira al momento democrático, sino al momento de la autoridad, que es exactamente lo opuesto. Hobbes no prescribió la democracia; prescribió un artificio de obediencia: el Estado. La condición de posibilidad de la democracia está en el desequilibrio. Y eso no se llama populismo: se llama desobediencia civil. Y poca o ninguna relación tiene con los gobiernos. La democracia en clave liberal existe sólo bajo el conjuro de la simulación. Y esa simulación es el equilibrio que exalta el anti-populista. 

Que el populismo puede ser de derecha o de izquierda, en eso coinciden casi todos. Y que, por lo tanto, no responde a ninguna ideología y depende de los valores contra los que se alza. Acá uno puede pensar en Donald Trump, por aclamación acusado de populista, y cuyo discurso se basa en decir exactamente lo opuesto a lo que diría cualquier líder político del establishment tradicional (no a las minorías o al libre mercado o al injerencismo estadunidense; sí al uso extendido de armas de fuego o al fortalecimiento del mercado interno o a los muros aislacionistas etc.). Sin embargo, casi todos omiten que ese remedo de “oposición” emerge desde una posición de privilegio (Trump es rico e influyente), y eso es lo políticamente fundamental. El Diccionario de la Real Academia Española define “demagogia” como una “degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”. ¡Trump es un demagogo! Punto. 

La discusión sobre el populismo sólo podía florecer en las miasmas mortuorias de una disciplina como la ciencia política, que siempre se ocupó de las formas y nunca de los contenidos sustantivos de la política, que por cierto es una actitud típicamente anti-científica. 

Esos que desde la derecha asisten al epíteto de “populismo” tienen el propósito de enarbolar una consigna peyorativa que desautorice a algún contrincante con aprobación popular. Es básicamente un ardid lingüístico despreciativo sin valor explicatorio. 

Esos que desde la izquierda empuñan el “populismo”, involuntariamente reproducen el preconcepto de la derecha, sin atinar tampoco en la explicación de la cosa política. En Estados Unidos recientemente cobró fuerza una discusión (principalmente entre la comunidad afrodescendiente) acerca de eso que genuinamente define a la negritud en ese país. En ese ejercicio los afroamericanos descubrieron que muchos rasgos o comportamientos que otrora consideraron propios, en realidad eran prejuicios que los blancos cultivaron históricamente y que los negros se apropiaron con el tiempo, creyendo que eran naturales o representativos de su cultura. El “populismo” es ese prejuicio que cierta izquierda se apropia y eleva a rango de programa político. 

El populismo es un relato ideológico que tiene nula importancia teórica, política e histórica. Es una acrobacia verborréica, una telaraña autorreferencial, fuente de discusiones acaloradas pero absolutamente fútiles que desembocan en enredos metapolíticos inescrutables. “¡Ahí está el detalle! –dice Cantinflas–. Que no es ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario” 

domingo, 3 de julio de 2016

Thomas Hobbes: Modernidad, orden y progreso

Autor: Maximiliano López

El pensamiento filosófico político de Thomas Hobbes a menudo está asociado a una visión pesimista de la humanidad, la política y la sociedad en la cual se desconfía del hombre y se precisa al Estado como un instrumento de vigilancia y opresión para mantenerlo a raya. Contrario a ello, es importante echar luz sobre el espíritu modernista que le ha motivado a constituir su teoría política. Un pensamiento representado en una narrativa severa que, no obstante, buscó dar sentido, orden y estabilidad al impulso y los deseos del hombre moderno en un periodo de incertidumbres y violencia como la modernidad temprana. Y que también sirve para comprender un presente en el cual el papel de la humanidad y del Estado debe ser reconsiderado frente al avance de intereses privados representados en sectores concentrados de la economía que ejercen una sombra cada vez más notoria sobre la soberanía política de las instituciones y poderes públicos.

Leviatán es la cristalización de la teoría de Hobbes sobre la política y el Estado. Fue una de las primeras obras de ciencia política. El contexto en el que sale a la luz, a mediados del siglo XVII, es beligerante; Europa recién salía de la Guerra de los Treinta Años, la estructura social, cultural y religiosa continental al igual que muchas de las certezas sobre las cuales giraba la vida y las instituciones de los europeos se encontraban en crisis. El feudalismo estaba muriendo y daba lugar a un nuevo escenario plagado de incertidumbres. La temprana modernidad tomaba forma, aparentemente, de una manera errática pero siguiendo el hilo rojo de la Historia que, recordando a Kant o a Hegel, se iba desarrollando y ordenando de acuerdo a la razón universal en el marco de los distintos momentos en los que ésta opera.

Si bien antes de Hobbes tenemos a Maquiavelo como teórico político de referencia en esta nueva época, lo cierto es que Thomas fue el primer cientista político que aplicó el método geométrico a la filosofía política. Sin desdeñar los estudios históricos y comparativos del florentino, el inglés se valió de los métodos científicos de la época. De la inspiración de Galileo Galilei para elaborar su teoría. Un pensamiento que buscaba dar certidumbre a la época, a los gobiernos, a los Estados y a la sociedad. Una paz que no mate las pasiones humanas. Un orden para el progreso humano. Para que este no se viera alterado por guerras religiosas o de diversa índole.

El pensamiento de un hombre moderno

Para estudiar al Estado, a Hobbes, siguiendo su método deductivo, le pareció imprescindible estudiar al hombre. Pues es una parte del Estado como creación humana. Y al objeto de estudio no se lo puede estudiar si primero las partes del mismo no son abordadas. Y aquí es cuando entramos a la base de su pensamiento modernista:

“La felicidad en esta vida no consiste en la serenidad de una mente satisfecha; porque no existe el finis ultimus (propósitos finales) ni el summum bonum (bien supremo) que hablan los libros de los viejos filósofos moralistas. Para un hombre, cuando su deseo ha alcanzado el fin, resulta la vida tan imposible como para otro cuyas sensaciones y fantasías están paralizadas. La felicidad es un continuo progreso de los deseos, de un objeto a otro, ya que la consecución del primero no es otra cosa sino un camino para realizar otro ulterior. La causa de ello es que el objeto de los deseos humanos no es gozar una vez solamente, y por un instante, sino asegurar para siempre la via del deseo futuro. Por consiguiente, las acciones voluntarias e inclinaciones de todos los hombres tienden no solamente a procurar, sino, también, a asegurar una vida feliz (…) De este modo, señalo como inclinación general de la humanidad entera, un perpetuo e incesante afán de poder, que cesa solamente con la muerte”.

Aquí tenemos a Thomas Hobbes pensando como un hombre moderno. Reconociendo la naturaleza cambiante de la humanidad como motor, en especial, de los cambios que se registraban en la Europa de ese entonces. Donde las viejas relaciones, ataduras y estructuras medievales enmohecidas, que legitimaban los “viejos filósofos moralistas”, estaban dando paso a nuevas formas de relaciones sociales, culturales, religiosas y económicas. El hombre o la mujer como seres ambiciosos. Que persiguen constantemente la felicidad. Cada fin o meta cumplida termina siendo un instrumento o un medio para asegurar una fase superior de esa felicidad o bienestar. O bien para asegurar esa misma felicidad conseguida con esfuerzo, astucia y pasión.

“La causa de esto no es siempre que un hombre espere un placer más intenso del que ha alcanzado; o que no llegue a satisfacerse como un moderado poder, sino que pueda asegurar su poderío y los fundamentos de su bienestar actual, adquiriendo otros nuevos (poderes y fundamentos de su bienestar)”.

Podemos ejemplificar este deseo humano irrefrenable cuando compramos algo que nos gusta mucho como, pongámosle, una computadora. Y para asegurar que no le pase nada a esa computadora nos hacemos de los elementos necesarios para cuidarla y darle mantenimiento así como también nos asesoramos para darle el cuidado suficiente o bien le pagamos a un tercero para que le de ese mantenimiento que por vagancia o falta de tiempo no podemos darle porque no quisimos o no pudimos asesorarnos y así va formándose una cadena de necesidades, medios y finalidades ad infinitum, que excede a la misma computadora que muere por inutilidad nuestra u obsolescencia programada y la reemplazamos por otra, hasta que nos morimos. O bien podemos citar al mismo Hobbes en una escala más amplia, y con un mejor ejemplo:

“De aquí se sigue que los reyes cuyo poder es grande, traten de asegurarlo en su país por medio de leyes, y en el exterior mediante guerras; logrando esto sobreviene un nuevo deseo: unas veces se anhela la fama derivada de una nueva conquista; otras, se desean placeres sensuales y fáciles, otras, la admiración o el deseo de ser adulado por la excelencia en algún arte o en otra habilidad de la mente”.

Un poder artificial (y colectivo) para moderar al poder natural (y particular)

Para Hobbes, el hombre se mueve por sus pasiones. Utiliza sus habilidades intelectuales y físicas para alcanzar lo que desea sea de la clase socioeconómica o religión que fuere. Quiere el bien. No obstante, esa búsqueda de satisfacción de sus pasiones puede transformar al hombre en el lobo de sí mismo y de todos los hombres. Pues más allá de que, por naturaleza, nazcamos libres, iguales y racionales, según Thomas, si nuestro afán de poder no está regido y atravesado por ciertos códigos producto del consenso general, podemos transformarnos en nuestro peor enemigo. La ambición y la libertad así como la igualdad con la que nace el hombre pueden resultar, en el estado de la naturaleza, en una vida tosca, corta y brutal. Podemos conseguir lo que queremos, pero en un ámbito en el que todo vale alguien nos puede pegar un tiro en la cabeza o matarnos de un hachazo en cualquier momento. Dando lugar a un estado de guerra permanente.

Ante esa posibilidad de caos, incertidumbre e inseguridad permanente es cuando el ser humano piensa que no puede perecer de una manera violenta e impredecible. Sabe, razona Hobbes, que para poder crecer y desarrollarse necesita de la paz y la protección de algo superior y de lo que debe formar parte para que esa paz, esa estabilidad y ese orden impida que alguien entre a su casa a los hachazos y lo asesine mientras está sentado frente a la computadora bajando música y fumando marihuana tranquilo en su cuarto o estudio solamente porque está en contra de que se baje música sin pagar, o bien, del consumo recreativo de drogas suaves.

Y por eso, para que ese impulso modernista que nos mueve hacia metas que se renuevan constantemente no termine dinamitando a la especie humana es que estamos dispuestos a pactar con otras personas. A renunciar un poco a esos impulsos y derechos infinitos para darle entidad a lo que conocemos como Estado. Una creación humana con la que damos un poder artificial a terceros. A representantes y a un soberano que gobiernen, gestionen y auditen asuntos públicos que nos incumben: la paz, la estabilidad, el orden y el bienestar necesarios para que podamos avanzar con nuestros deseos modernos en ese marco. Sin provocar conflictos o bien mantenerlos bajo cauce a través de los canales que ofrece tanto el sistema político como judicial conformado por instituciones y compuestos por representantes y funcionarios que actúan por esos representantes a los cuales cedemos una parte de nuestros derechos. Representantes que, entre todos, actúan en nombre de diferentes sectores, clases, pensamientos y visiones alrededor de la sociedad, la economía, la cultura y la religión. De un mundo artificial de autores, actores y cosas personificadas que es la sociedad civil.

La causa final de esta compleja obra que es constituir un Estado es el cuidado de la propia conservación humana y el logro de una vida armoniosa. Orden y progreso. Los imperativos modernos por excelencia que solo pueden darse con un poder político soberano que emerja del pueblo y controle el Estado en su representación. Un poder político como garante de un poder público que no sea sometido a intereses de privados, como decía Locke que debe ser. Sino que sea rector de estos sin que ello signifique la perdida de libertad sino todo lo contrario; que esa rectoría marque un camino de perfectibilidad para, como más tarde dijo Hegel, se vayan cimentando los elementos y condiciones para la cristalización de un Estado moderno en el que se incluyan todos los sectores, clases, pensamientos y visiones de una sociedad civil moderna y libre con los matices propios de esa sociedad y territorio en donde se erige. No exenta de conflictos ni problemas pero en la que estos se diriman de la forma que establezcan los códigos y leyes que surgen de la misma sociedad.

Ese poder mayor y artificial que reposa en el Estado, que es conferido desde una multitud por diferentes vías y medios que no son más que el reflejo, al igual que los representantes que resultan elegidos, de cómo esa sociedad se compone y resuelve sus problemas y dilemas, aun con sus elementos opresivos y de dominación, espejo también de una estructura social de clases determinada, que se cristaliza en su composición, es el mayor poder a través del cual la multitud así como los individuos que componen esa multitud pueden potenciar un cierto control sobre sus vidas. Eso fue valido en los tiempos en los cuales vivió Hobbes y escribió Leviatán así como sus otras obras de filosofía política, cuando de a poco la nueva sociedad iba surgiendo de las grietas y escombros que dejaba la estructura feudal y lo sigue siendo en la actualidad, más de trescientos años después con sus diferentes periodos reformistas, restauraciones conservadoras y revoluciones, en el capitalismo tardío, cuando vemos que ese Estado retrocedió muchos casilleros frente a intereses particulares. No los intereses particulares de todos nosotros sino los de unos pocos grupos de poder que, en la mayoría de los casos, terminan por hacerse del control del poder público para gobernar en pos de consolidar sus posiciones. Las cuales se expanden sobre el Estado y la soberanía política como una larga sombra que configura distorsionados patrones de desarrollo para el conjunto de personas que conforman las sociedades modernas.

viernes, 24 de junio de 2016

El arquitecto y la gárgola

Autor: Ramsés Ramírez Azcoitia

1

Se ve un hombre joven en la cornisa de un edificio.
No se sabe qué hace ahí. 

 A lo lejos otro hombre baja sus binoculares.

—Hermoso —dice,
el hombre parece una estatua.

Es una gárgola sobre la cornisa;
salta y extiende sus brazos,
planea y asciende hacia otro edificio
en un sólo movimiento ágil
y vuelve a parecer una gárgola.

Sorprendido
el rostro del que observa se aleja del vidrio,
viendo desaparecer el vaho de su aliento
y el reflejo de su gesto.
Se voltea y se dirige a Amado:

—¿Por qué no puede ver mi rostro?
¿O es que acaso la visión de una gárgola ha confirmado lo que temo?
¿Acaso me he vuelto un fantasma para mis propias visiones
y de pronto éstas han tomado el carácter, la forma y el peso de la realidad negándome la mía,
condenándome a la desaparición, como si yo fuera una creación sin atisbo de duda?

Mientras, la gárgola pensativa en su próximo salto, traza una sonrisa.

El hombre de los binoculares, jura haberla visto sonreír
jura que es humano, jura que la vio.
Su reflejo se desvanece
mientras pronuncia una última silaba
que lo lleva a diferentes pensamientos.
Ordena quitar todas las gárgolas de la ciudad.


2

El ventanal deja entrar una luz blanca al mediodía.
Por fuera,
el edificio de forma y dimensiones piramidales
reluce como una estrella en el espacio,
una constelación que se muestra a navegantes que le rendirán culto en sus fábulas,
lejos a millones de años luz.


3

Un lustre adiamantado,
virginal, desdobles
largos, babilónicos, el reflejo del sol en la línea del horizonte que se desvanece,
los ojos entornados de los paseantes, ojos sensibles a su brillo que buscan
aun en ostras;
su brillo delicado es para los admiradores,
el brillo delicado de las perlas, la orilla del mar, otra vez en horizontes que se desvanecen
del mar en tránsito donde emerge su sonrisa.
Que despojen a todo edificio de imaginación,
que sólo sea un lugar pasajero, castillos de arena,
donde cualquiera puede dejar su huella en intercambio.
Que lleven las gárgolas a la bodega para inspección
o cualquiera que encuentren y parezca una.

También los hombres que estén en las alturas son gárgolas,
los que permanezcan de pie mucho tiempo, son gárgolas,
los que no se siente su presencia cuando están cerca, son gárgolas,
los que vigilan, son gárgolas, son monstruos, aves de rapiña
contemplando la podredumbre en el esplendor,
como una caries en el diamante.

—No destruyan ninguna,
son hermosas, parecen pesadillas divinas que observan la creación sin duda.

El hombre de los binoculares se pregunta
¿Por qué sonrío?
Guarda la compostura, busca su reflejo y observa cumplirse sus órdenes,
permaneciendo quieto, incólume y su odio hacia las gárgolas lo hace parecer una estatua.

jueves, 16 de junio de 2016

Extractos de Cuba II


Autor: Julio Maugham

Febrero 2015

Al parecer Varadero debe su nombre no a los bancos de arena —arena, por cierto, “perfecta” en palabras de P., pues “no es muy gruesa para que al caminar te duelan las plantas de los pies, ni muy delgada para que, cuando se moje, forme un fanguillo en tu piel”–. Debe su nombre a esa atracción peculiar que tienen sobre el hombre la paz y la quietud conviviendo en perfecta armonía con el movimiento y el frenesí. Pensándolo dos veces, tal vez P. tenga toda la razón, sin tenerla... Varadero es el justo medio, como su arena. Aplausos para los creadores o descubridores.

*

Esto debería haber ido antes de la anotación anterior, pero qué más da. ¿O no? Porque esto es para mí, y tal vez, para quien yo decida que lo lea. Y cobra justa razón al ir a San Francisco de Paula camino a Varadero. ¿A quién diablos le interesaría saber cuántos gatos llegué a tener en un mismo momento de mi vida? ¿A quién el saber en qué orden compré qué modelos de auto? O ¿cuándo los vendí? ¿Quién era el que me los lavaba? Cifras de chismes reunidos en un mismo lugar, con datos nada trascendentales para, según esto, darte una idea de un día común en la vida de E.H. Le agradezco a la negrita de seguridad que nos explicó los pormenores sobre el barco Pilar, la piscina, los vestidores y los jardines de la villa. Pero creo que no sobra decir que son datos completamente innecesarios. Nunca, y lo digo muy seguro a pesar de que es una palabra muy fuerte, nunca entenderemos a E.H. por sus muebles, sus frascos de farmacéutico llenos de lagartijas flotando en formol sobre el alféizar de la ventana del baño, o por sus 57 gatos (RIP). Él era él y basta. Lo demás es un intento fútil de darle sentido a algo que simple y sencillamente no lo tiene. Espero que si algún día tengo un biógrafo, ni lo intente. O bueno, le permitiré mencionar sobre la noche aquella en que impuse un récord, tal vez mundial —mi hermano y su amigo Héctor se sorprendieron al verlo y no encontraron en Youtube video alguno con mayor puntuación a la mía—. Fue en el videojuego de Mario Party para Nintendo 64, en donde tenías que hacer girar la palanca a grandes velocidades y lograr que una bomba volara el mayor tiempo posible. O algo así. Ese dato sí fue trascendental para el resto de mi vida. Ese y cuando pasamos a otro nivel K. y yo en ese mismo videojuego a las 2 a.m. tal vez esa misma noche, y nos abrazamos con tal alegría que se podría decir que habíamos ganado una Copa del Mundo. Aunque ese nivel, siendo honestos, lo pasó K. solito. Pero bueno, sabemos que los biógrafos se pueden equivocar (guiño a la distancia a mi futuro biógrafo). Lo siento K. Pelea de biógrafos entre el mío y el de K. Hagan sus apuestas.

*

Estar con A. y M. (estricto orden alfabético) tumbados en la playa me recuerda a cuando éramos niños. Por ahí de mediodía terminamos los tres riendo. Tenemos que reír más. Se nos da muy bien.

*

La Habana nos recibe de noche y con hambre. Es como cuando regresas a casa. Y justamente así se sintió.

miércoles, 8 de junio de 2016

Breviario nocturno


Autor: Anónimo

Respondo de mis 24 horas, de mis 70 arrugas, de mis 30 años, de mis presagios, de mis amores, de mis deudas, de mis soledades. No hay más solución que plantear el problema y detenerse. Quien responde: no hay respuestas, se condena. Los que no respondan, abandonarán el juego; la partida ha de continuar con los que sigan buscando.
J. Rigaut

Despertó sobresaltado a mitad de la noche con su cuerpo bañado en sudor. Podía percibir claramente, retumbando en sus sienes, los latidos de su corazón a punto de explotar y una agobiante sensación de asfixia. Estaba acostumbrado a este tipo de ataques nocturnos ya que le sucedían varias veces por semana desde que tenía uso de razón o tal vez desde antes. Miró a un costado de la cama, en dirección al reloj que yacía en el buró, y pudo percatarse que aún faltaban 5 horas para que el sol saliera.

Aturdido, se levantó de la cama todavía con la tensión dentro de su cuerpo y con paso lento se dirigió hacia el baño. Encendió la luz y sintió en su torso desnudo el aire frío que se colaba por la ventana a medio abrir. Abrió el grifo, mojó su cara y bebió un poco de agua para refrescarse. Permaneció unos segundos mirando su reflejo en el espejo que colgaba frente a él, observando unos ojos oscuros, envueltos por un rostro pálido y ajado, mientras un escalofrío recorría su cuerpo. Apagó la luz y, cerrando la ventana con un manotazo violento, salió del baño. En la habitación —eufemismo para aquel cuchitril de mala muerte— la luna se filtraba tenuemente por la vieja persiana de madera iluminando el escaso mobiliario que poseía.

Afuera, las calles se encontraban completamente vacías y el silencio que reinaba en ellas se veía de vez en cuando interrumpido por el paso efímero de algún automovilista extraviado. Era otoño —cuando todo muere— y advirtió dentro de él el mismo efecto que esta temporada le provocaba año con año. Desconocía la causa pero sabía que internamente había una grieta que crecía debilitándolo.

Al alcanzar la cama se recostó nuevamente y, a ciegas, tentando con su mano derecha, la buscó al otro costado. Inmediatamente la encontró enredada entre las sábanas, quieta y fría; posó su mano sobre ella y el tacto le proporcionó la calma necesaria para tranquilizar el acceso nocturno. Con un vistazo rápido observó cómo las mantas color nácar, adheridas totalmente a su figura, delineaban perfectamente su silueta. Poco a poco el sosiego llegó; ya no temblaba, el aire se volvía puro y lo sentía penetrar hasta el rincón más profundo de sus pulmones, invadiendo cada espacio, purificándolos.

Permaneció así, con los ojos cerrados…

Con las yemas de los dedos recorrió la silueta de arriba abajo, dibujándola en las mantas cuidadosamente, casi temiendo perturbarla. Se preguntaba cuántos hombres, antes que él, habrían sido destrozados por ella. Cuántos habrían acabado con la cabeza destrozada o el corazón deshecho.

Ella había llegado a su vida —como siempre sucede— por azares del destino. La muerte de su padre, ocurrida algunos meses atrás, era la causante de este encuentro. Cuando vaciaba la casa del recién fallecido, intentando separar lo útil de lo inservible, la encontró sorpresivamente dentro de una antigua caja de madera que estaba en el ropero. Era una Magnum .375. Jamás cruzó por su cabeza que su padre, aquel hombre sobrio y taciturno, se podría decir que hasta tímido e inocuo, pudiera esconder entre sus pertenencias una pistola. Le parecía un tanto absurdo. ¿Para qué?

— Para calmar los demonios internos —se respondió desde la profundidad de la noche.

Recorrió las sábanas, la tomó entre sus manos y sintió cómo éstas se adaptaban perfectamente a sus formas. Percibía el olor acre que despedía su cuerpo metálico mientras que el entorno adquiría matices de irrealidad. Abrió el cilindro, lo rotó cerciorándose que las seis recámaras estuvieran ocupadas por las balas color oro, para después colocarlo nuevamente en su lugar. Quitó el seguro y posó su dedo índice en el gatillo. Finalmente, con una decisión inquebrantable, jaló del martillo con su dedo pulgar y, girando la pistola hacía él, introdujo el cañón dentro de su boca. Poco a poco su respiración comenzó a acelerarse y su corazón latió con más fuerza.

Jaló el gatillo y un estruendo lo sacudió…

Despertó sobresaltado a mitad de la noche con su cuerpo bañado en sudor. Miró en dirección al reloj. Faltaban 3 horas para que el sol saliera.

sábado, 4 de junio de 2016

Entre ocho y diez segundos


Autor: Giovanni Duayhe Zilli

En una pantalla se aprecia claramente un hombre que, envuelto en sus sábanas, se está masturbando.

Zoig congela la imagen con el control remoto. Está llevando a cabo una presentación al Comandante Teih, Jefe de la Misión del Desarrollo de la Especie Humana.

Éste se encuentra algo molesto, tanto con su equipo, como consigo mismo. No puede, sin embargo, esconder una genuina estupefacción. Ha estado escuchando la presentación del Jefe de Desarrollo Genético, Dr. Zoig, y del Jefe de Departamento Antropológico, el Dr. Keios.

—¡Pero qué es esto, Zoig, carajo!

—Bueno, señor —balbucea, estirándose el cuello de la camisa—, aparentemente, los seres humanos han reinterpretado el acto de procrear, de una finalidad reproductiva a una de mero esparcimiento.

—¿Qué dice? —increpó el Comandante a Zoig, esta vez más incrédulo que otra cosa, e intrigado, ahora sí, por la hasta hace unos momentos aburrida presentación de ambos jefes de departamento.

—Sí, vaya, imagínese usted por ejemplo que el presidente y su esposa no hubieran procreado solo ocho veces, las de sus ocho hijos, sino que lo hicieran cotidianamente, por diversión.

—No diga tonterías, Dr. por favor. ¡Y guarde el decoro Zoig, chingao!

—Sexo, señor —soltó el colega de Zoig, como para que no le cargaran tanto la mano—. Aparentemente, los humanos le han llamado a esto “sexo”.

—¿Sexo…?

El comandante puso su mano sobre su frente y luego de una pausa, continuó.

—Lo que no entiendo es ¡por qué les divierte coger, Dr., caramba!

—Bueno, resulta que los seres humanos tienen la capacidad de experimentar lo que se conoce como orgasmos.

Keios hizo una breve pausa, como esperando una reacción del Comandante.

—El orgasmo es —continuó- una especie de arrebato físico, mental y espiritual, de unos ocho y diez segundos de duración. Los hombres tienen solo uno, antes de dejar pasar un breve periodo de tiempo para poder experimentar otro. Las mujeres, por su parte, pueden tener múltiples, “aparentemente”.

—¿Y por qué está este hombre solo? —repuso el comandante.

—Bueno señor —retomó la palabra Zoig- lo que pasa es que los humanos desarrollaron también la capacidad de recrear fantasías sexuales en su mente para llegar al orgasmo por ellos mismos.

—O ellas mismas.

—¿Lo que me están diciendo —concluyó el comandante— es que el ser humano tiene la capacidad de abstraerse en un júbilo de placer físico, mental y espiritual, en el momento en que se le dé la gana —si las condiciones lo propician— esté solo o acompañado de una pareja? ¡Pero qué chingados pasó con este proyecto! Carajo, Zoig.

—Y eso es solo el principio, señor —prosiguió el Jefe de Departamento Genético—. Los seres humanos empezaron a tener sexo, como se muestra en esta otra pantalla, en la posición más práctica, en términos anatómicos.

De misionero, pensó Keios.

—Sin embargo, con el paso del tiempo, los humanos pues… cómo explico esto, se empezaron a aburrir del… misionero, ajá, como le llama el Dr. Keios.

—¿Entonces los humanos cogen en otras posiciones?

—Bueno, señor, en otras posiciones. Y en otras, digamos, combinaciones.

—¿Combinaciones, dices? —dijo frunciendo el ceño el comandante Teih.

En ese momento, las diversas pantallas del mostrador de la sala de juntas de la nave espacial que tripulaba el muy respetable Comandante Teih, empezaron a mostrar escenas del sexo entre seres humanos. Zoig y Keios explicaban y explicaban.

—Bueno —prosiguió alguno de los dos— hay diferentes posiciones entre hombre y mujer: misionero, de perrito, 69, en fin, hay catálogos de esto.

—Pero señor, no fue suficiente. Los humanos se aburrieron. Querían más, empujar los límites.

—Entonces empezaron a buscar diversas combinaciones: hombre con hombre, mujer con mujer, hombre que se vuelve mujer para tener relaciones con un hombre, o que se vuelve mujer para tener relaciones con una mujer.

—Hay también mujer que se vuelve hombre, pero con genitales de mujer. Y hay hombres que se vuelven mujeres con genitales de hombre, para coger hombres.

—Mujeres que con aditamentos se pueden coger a un hombre. Hombres que disfrutan ver que otro hombre tenga relaciones con su mujer.

—Hay a quienes les gustan gordas, o mayores, o más jóvenes que parecen aún más jóvenes.

—Sí bueno, y eso es lo legal —interrumpió Zoig.

El comandante detuvo en ese instante la presentación. Había escuchado suficiente.

—¿Me está diciendo, que esta raza que hemos creado, como un mero experimento, una simulación, ha, de hecho, superado a nuestra propia especie, una que hasta hace momentos era llamada supuestamente a ser perfecta? —preguntó el comandante.

—Bueno, algunos dirían que sí, que esa es una afirmación correcta, en efecto.

El comandante entró entonces en una meditación profunda. Sabía que estos dos eran unos meros desarrolladores, no eran culpables de lo que la evolución había escogido para los humanos.

En toda su misericordia, y demostrando ese liderazgo del que tanto se hablaba en las elites políticas de esta especie, intrigado y fascinado en su espíritu científico, reformista y aventurero, continuó la plática varias horas entrada la madrugada con los doctores, preguntando, intercambiando opiniones. Y éstos, con ademanes, con buen humor, haciendo imitaciones y mímicas, le compartían sus hipótesis, sus impresiones sobre esta sorpresiva especie que se les había asignado como proyecto de desarrollo.

Estas criaturas creativas, incansables, siempre obsesionadas con la idea del progreso.

miércoles, 1 de junio de 2016

Serbia: La última frontera (puertas adentro) de Europa


Autor: Maximiliano López

Luego de la guerra y la secesión, la región que anteriormente conformaba en su conjunto a la República Federal Socialista de Yugoslavia está en proceso de integración a la Unión Europea. Croacia y Eslovenia ya se encuentran dentro del club comunitario. Serbia, por su parte, se sitúa inmersa en un proceso similar de integración al organismo. El consenso alrededor de la integración no es total. Cerca de la mitad de la opinión pública no consideraría un hecho positivo que Serbia sea parte de la UE. También hay una minoría creciente que prefiere que su nación esté más cerca de su hermano eslavo mayor: Rusia (1). No obstante, más allá de las resistencias, en todo el arco social, político y económico, algunos levantando las banderas de la algarabía y otros las de la resistencia, creen que una futura cristalización del ingreso de Serbia al club europeo es inevitable.

Pastorales alrededor de la incertidumbre

Hay una corriente reformista, de corte liberal conservador por un lado y progresista por el otro, en la política, la economía y la sociedad que impulsa el proceso de adhesión a la UE. Alegando que las condiciones de vida en ese país, mejorarán drásticamente con el ingreso de Serbia al bloque y que florecerán miles de puestos de trabajo gracias a una lluvia de inversiones de empresas de los países más poderosos del bloque. Una fórmula que sacará a esa nación del ostracismo, el olvido y el estancamiento y la pondrá en la autopista de una necesaria modernización. Una tabula rasa que será la salida definitiva de los ecos y el aturdimiento de un pasado reciente turbulento.

Los nostálgicos de un pasado dorado, el previo a las guerras balcánicas, que tuvo a Serbia a la cabeza de una Yugoslavia socialista y unida, comunistas y nacionalistas que, por izquierda y derecha, miran con recelo una casi inevitable entrada de su país a la UE, no piensan lo mismo. Pues argumentan que los problemas económicos no se solucionarán mágicamente con la entrada a la Unión. Sino que, al contrario, corren riesgo de profundizarse. Basta ver los escasos progresos conseguidos por países vecinos como Rumania y Bulgaria. También la crisis económica griega así como la mala situación de España y países centrales como Italia y Francia. La situación del bloque no es la mejor desde hace casi una década. Ni su modelo económico es el mejor para Serbia. Pues quedaría confinada en un lugar desdeñable en la división del trabajo puertas adentro de la comunidad.

Todos los caminos conducen a Bruselas (y a Moscú)

Estas pastorales, neoliberal y anti-neoliberal, una más pro-europea y otra más pro-rusa no representan a la mayoría de la población serbia, sumida en la apatía y la desesperanza, que lidia entre la precariedad y el desempleo crónico. Que descree de las opciones políticas y un Estado desvencijado frente a las fuerzas del Mercado y el crimen organizado. Un poder público rehén de fuerzas mayores y al que, más allá de las visiones y perspectivas disimiles, que miran al Este y al Oeste dentro de los extremos del espectro político, no le queda otra alternativa que profundizar lazos con Bruselas.

La adhesión a la Unión Europea es un hecho (casi) consumado, tanto los grupos reformistas de carácter liberal-conservador y progresista como los socialistas y radicales nacionalistas (dominados por su ala moderada) ven como un futuro cercano el formar parte de la comunidad. Estos últimos más por descarte e inviabilidad de mantener una posición autónoma. Además de Rusia, a ningún otro país le interesa que Serbia mantenga su autonomía respecto a la UE. De las tres fronteras que contienen al bloque supranacional, es la menos problemática de ser absorbida (2). En Moscú saben que no pueden sostener la independencia Serbia. No pueden enviar más fondos de los que ya envían a Belgrado. Pero hacen sus presiones para que el Estado serbio no olvide los favores geopolíticos y económicos que el Kremlin ha hecho por ellos. Eso significa que más allá de una eventual integración a la UE hay un límite el cual no pueden pasar aunque quieran; el ingreso a la OTAN.

El nuevo gobierno, compuesto por un Partido del Orden (el Partido Progresista Serbio) que integra a ex nacionalistas devenidos en social conservadores y tecnócratas liberal-conservadores, más allá de contar con mayoría propia para imponer una agenda política pro Unión Europea, luego de unas elecciones en las que ha ganado holgadamente a las opciones socialista y paleo-nacionalista, no tiene en sus planes descuidar la histórica alianza política con Rusia. No solo el PPS es un aliado estrecho de Rusia Unida, el entramado político a través del cual Putin gobierna al gigante euroasiático, sino que también Serbia es uno de los países europeos que no adhirió a las sanciones impuestas a Moscú desde Washington y Bruselas a raíz del conflicto abierto con Ucrania mientras que Rusia no solo es uno de los principales inversores económicos, también es el principal aliado geopolítico. Que protege al hermano eslavo menor de las condenas y sanciones que aún pesan sobre él luego de las guerras balcánicas. De un pasado por el cual el Tribunal de La Haya aun pide al Estado serbio que entregue a muchos de los que pelearon al lado de Milosevic. Lo que se erige como un compromiso inexpugnable a cumplir, además de encontrar una resolución a la cuestión Kosovo, por las actuales autoridades serbias si es que quieren acelerar el ingreso al bloque comunitario.

Los gobiernos se parecen más a su tiempo que a su ideología. Es una máxima común a las administraciones de todos los países. La ideología choca con el realismo capitalista, y no queda otra opción que acoplarse a las sinuosas y angostas condiciones que depara este para el Estado y la sociedad, tratando de encontrar, en lo posible, un ángulo de maniobra para adaptar en lo particular esos imperativos a la idiosincrasia de la población y las instituciones. El Partido del Orden serbio sabe que el camino hacia la UE es indeclinable, que se trata de tomar esa senda u optar por la del aislamiento. De todas maneras debe encontrarse un margen para no meter en la negociación cuestiones como el dejar de lado la relación con Rusia y el morigerar los efectos de las políticas de austeridad que forman parte del paquete de medidas que exige la Troika (3) a cambio de la inclusión de Serbia en la UE. Pragmatismo para entender cuál es el camino más viable y también para comprender que las políticas a implementar no deben dañar los lazos del país balcánico con sus antiguos y aún útiles aliados así como con las reales necesidades de la sociedad.

Consideraciones sobre el futuro cercano

Una futura obtención del pasaporte comunitario por parte de Serbia, al igual que sucedió con Croacia y Eslovenia en el caso de la yugoesfera (4), y de Rumania y Bulgaria en un plano macro-balcánico, visibilizaría y daría forma institucional el desajuste de este país frente a sus pares occidentales. Arrojando luz sobre los problemas que existen para desarrollar un aparato productivo sostenible y profundizando la nostalgia sobre un dorado pasado comunista. Que no fue tan dorado pero si mucho mejor que su presente y el de la mayoría de los países que formaron parte de una supra nación que fue estratégica tanto para el bloque socialista como para occidente en la Guerra Fría y supo alcanzar los niveles de vida más prósperos detrás del telón de acero.

La anomia de la juventud, la desconfianza ciudadana hacia la clase dirigente sea de izquierda o derecha y la llegada de empresas occidentales, que traen consigo cambios en cuanto a hábitos de producción y consumo, son elementos de un nuevo escenario que terminará de tomar forma cuando Serbia sea miembro de la UE. Poniendo fin a una larga etapa marcada por una gradual, lenta pero constante decadencia de la vieja estructura social. En el tintero queda un considerable ejercito de reserva compuesto por sub-ocupados y desempleados crónicos que esperarían nuevas oportunidades de empleo precario traídos por la constelación de corporaciones alemanas, francesas, españolas e italianas.

El gobierno, y la clase dirigente en general, deberán entender que el solo ingreso a la UE o el acomodarse debajo del manto de un polo de poder no solucionarán por arte de magia los problemas sociales y económicos que arrastra la nación serbia. Aplicar un modelo económico sin adaptarlo, por lo menos, a la realidad concreta que atraviesa, en este caso, la población serbia, es equivalente a su pronto fracaso, no sin consecuencias sobre una sociedad que ya atravesó catástrofes como el derrumbe del sistema económico y político constituido por el titoismo (5) y la posterior guerra.

La incorporación de Serbia a la UE marcará, con total seguridad, el camino para la inclusión de Bosnia, Montenegro, Macedonia y Kosovo al bloque comunitario. La reacción de estos países al proceso empezó a ser respondida por Eslovenia y Croacia. No obstante, no hay nada claro. Cada país, por más similitudes regionales e historia en común que tenga con sus vecinos, es un mundo aparte con sus matices socio demográficos, políticos, económicos y culturales bien particulares. Por eso vale la pena replantear estas interrogantes respecto al caso serbio ¿De qué modo integraría el modelo socio-político liberal propuesto por la UE? y ¿Cómo serán encaradas las oportunidades económicas en el nuevo escenario? ¿Recortando salarios para mejorar el índice de competitividad o forjando una cierta autonomía que permita aprovechar el potencial oculto en el nuevo marco para iniciar transformaciones sostenibles y beneficiosas, en el marco de lo posible, para el pueblo serbio?

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(2) La expansión de la Unión Europea está contenida, hasta el momento, por tres fronteras: la eslava, mediada por Ucrania, la árabe, mediada por Turquía y la balcánica, mediada por Serbia. Dada la tensión desatada con Rusia a raíz del conflicto ucraniano y la inestabilidad de Medio Oriente, por la cual es más conveniente para Bruselas tener a Turquía fuera del bloque como tapón, la frontera más factible de ser absorbida, no sin dificultades ni resistencias, es la balcánica.
(3) En referencia al grupo de facto que gobierna sobre la economía de la UE conformado por la Comisión Europea el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.
(4) Se denomina yugoesfera al conjunto de países que integraron la República Federal Socialista de Yugoslavia.
(5) La República Socialista Federal de Yugoslavia, conformada al final de la Segunda Guerra Mundial luego del triunfo de los Partisanos de Tito sobre la ocupación alemana y colaboracionista nazi, si bien inicialmente formó parte del bloque pro-soviético, a los pocos años independizó su política económica. Que no salió de los parámetros del Socialismo Real pero adquirió rasgos particulares como su carácter autogestivo y ciertamente permisivo con la iniciativa privada. El llamado socialismo autogestivo o socialismo titoista fue una suerte de alternativa dentro del mundo socialista y modelo para los países no alineados ni a Moscú ni a Washington durante la Guerra Fría. Una alternativa que fue convenientemente sostenida a un lado y el otro del Telón de Acero con fines estratégicos. Como un Estado Tapón para alivianar tensiones entre ambos bloques sobre el territorio europeo en general y la siempre problemática cuestión balcánica en particular.