lunes, 10 de octubre de 2016

Muelle 1


Autor: Carlos Alberto Duayhe Villaseñor 

Vaya octubre

A Luis González de Alba y René Avilés Fabila

Si el 2 de octubre se resiste a la espiral inevitable de la desmemoria colectiva la respuesta misma está en muchos de sus participantes, directos e indirectos, que honran el profundo cambio que significa en la vida democrática de México, ese día.

Entre quienes contribuyeron de forma decidida a tan profundos cambios en la cultura y la política nacional brillan dos escritores, periodistas y catedráticos del más alto rango: Luis González de Alba y René Avilés Fabila, fallecidos respectivamente el 2 y el 9 de este, otra vez referido, octubre.

Tuve la oportunidad de conocer a ambos a finales de la década de los 70 cuando se fundó el diario Unomásuno. Puedo decir que fueron amigos infrecuentes aunque nunca dejaron de existir como maestros de las letras y el conocimiento sin ambages y espléndidos en compartir vida, sabiduría y pese a las distancias y destinos, amistad.

Alguna vez en los noventas encontré a Luis en calles céntricas de Coatzacoalcos. Cuando nos reconocimos le pregunté qué hacía en ese gran puerto tan lejano de su hábitat y sin mayor desparpajo y a carcajadas me respondió: “…en busca de un marinero griego”. Antes de despedirnos recuerdo que comentó otra vez sonriente que había pasado por varios planteles escolares y luego de dar un sorbo a un helado de nanche, soltó: “…todas las escuelas desde las primarias hasta la universidad huelen igual, a lápiz”.

René fue generoso y amigo de los amigos inquebrantable. Ejemplo de ello fueron Patricia Zama, Marco Aurelio Carballo, Fernando Macías Cué. Abrió las páginas de su revista El Búho a jóvenes y veteranos, escritores y artistas plásticos, sin mayores trámites, muchos le adeudan siempre gratitud, como su alumnos en las aulas de la UNAM y la UAM.

Hace un par de años le solicité publicar un cuento de mi autoría. Lo hizo en el Búho. Luego un diálogo en el Facebook:

—René: con profunda emoción y agradecimiento a ti ¡ya me publicaste el cuento Camelia! Abrazo amigo querido, siempre con afecto.

—No me digas nada, todo se lo debes a tu talento para escribir buena prosa. Un abrazo.

Y en su cumpleaños en noviembre anterior: 

—René, espero que hoy sea la fecha de tu cumpleaños. De cualquier forma muchas felicitaciones no sólo por la academia, la literatura, el periodismo, la edición, la lucha intensa por una nación de verdad mejor e intensa, democrática por más todavía de esto que es parte esencial de ti, tu calidad única y tu enorme amistad.

—Te mando como siempre todo mi afecto, Carlos.

Esta misma semana René escribió en la revista Siempre esto de Luis. Queda como testimonio de estos dos enormes mexicanos:

…Luis era un hombre de espíritu fuerte, valiente, un intelectual comprometido, dispuesto a tolerar la pluralidad pero no a rehuir la discusión. Luchó por la verdad: peleó con los suyos y los ajenos, desnudó a dos mitos, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. Tampoco cayó en las trampas que son Ayotzinapa, el “festín de las balas” que ahora se llama “2 de octubre no se olvida”, y jamás dejó de ser revolucionario en un país que así como antes fue priista hoy cree en patrañas llamadas de “izquierda” como el PRD, ahora aliado del PAN, y de Morena, el partido de un solo hombre, López Obrador. Fue impiadoso con sus rivales, pero nunca dejó de ser certero. No le importaron los reproches de internet, la “venganza de la gleba”. Pero la vida carecía de sentido: ¿para que luchar? Pienso que optó, como tantos otros seres sensibles, por la muerte voluntaria. El suicidio. La precisión me llegó a través de un camarada, Joel Ortega, y entendí la grandeza de Luis González de Alba, luchador social y hombre de amplia y polémica cultura”.

Vaya octubre.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Crónica Tibu

Fotografía: Luis Jiménez Chargoy
Autor: Giovanni Duayhe

La gama de tonos verde esmeralda, bandera y limón de la densa vegetación, ya varios kilómetros antes de llegar; los árboles de mango y el acento de los oriundos; una o dos pausas para ir al baño y el calor húmedo apenas bajar del coche te hace saber que has ingresado al sotavento veracruzano. La reventa comienza desde ahí, desde las casetas de peaje —¿les hace falta boleto?—. “Hoy el calor le pesará al visitante”, intenta uno autocomplacerse.

El “Pirata”, impecable, como siempre. O al menos, emocionante y alegre. El duelo directo por el descenso agrega un ingrediente especial al juego, y aunque no es un visitante que despierte una rivalidad considerable (Morelia), sí es un partido de más de 3 puntos.

La afición pasa a ocupar sus asientos: de todas las edades, géneros, clases sociales… Lo mismo la chica fresita del Fraccionamiento Reforma acompañada de sus hermanos, que los integrantes de la porra desde Río Medio, la “Pochota” y las colonias de la parte norte del Puerto. Sí hay un sentido de pertenencia vertido sobre este tradicional equipo.

Hugo Cid no tiene la culpa. Yerra un pase a los 20 segundos de iniciado el juego, y el futbol es cruel. La practicidad implacable del “Ojitos” Meza le da una lección al novato Marini, y en seguida cobra el error del futbolista escualo. El robo de balón se convierte en un centro y la potencia de Ruidíaz —esa potencia de la que carece el Veracruz— manda el balón a las redes. Apenas se estaban sirviendo las cervezas.

¿Cómo afrontar 90 minutos de juego por delante, después de ese error? Tristemente, los abucheos no se hacen esperar cada vez que el mediocampista toca el balón. Gaby Peñalba intenta calmar al equipo, estabilizarlo, y también al público, pero el marcador adverso de manera tan rápida marca el rumbo del resto del encuentro. O más bien la empecinada alineación de Pablo Marini.

Pudieron haber sido 5 goles de Morelia, fácilmente. Veracruz pudo haber marcado también 1 o 2 goles más. A la postre, el partido culminaría 1-3.

Para mala suerte de Marini, la cuantiosa porra de los tiburones ocupa la misma cabecera de donde desembocan los túneles que conectan cancha con vestidores. Durante gran parte del segundo tiempo, porra y afición guardan sus vasos para el final del encuentro.

Altivo —y vaya que al jarocho si algo le castra, es la pedantería— con ese paso de quien se aferra a un concepto, cruza en diagonal la cancha para dirigirse al túnel inflable, previsto para la protección de jugadores.

Los pocos granaderos, que como no queriendo se abocan a protegerlo con sus escudos, apenas logran contener la cascada de vasos y el raudal de líquidos. Con ese andar introspectivo, como presidiario dispuesto a cumplir su condena, el D.T. pagó soberbiamente la pegajosa venganza del aficionado. Hoy no cumplió, y la vox populi, algunas veces tiene la razón: ¡fuera, fuera!

El “Ojitos”, por su parte, fue saludado por la afición.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Para documentar el optimismo: fragmentos de “Elogio de las pasiones débiles” y otros relatos extraños


Larregui o la melancolía 

“…fue entristeciéndose. Tal vez por un gusto recóndito, por lo general inconfesable, se entregó a la melancolía, en última instancia tal vez al deseo de querer morir lo más pronto posible (y no entiendo por qué uno no puede o no ‘debe’ querer morir lo más pronto posible si se le da la ‘desolada gana’, como dice el poeta Miguel Hernández, de ‘morirse’). Pienso que se fue cansando de todo… menos, creo, es una creencia, de sus amigos. Una ‘pasión triste’ lo fue ocupando (y tampoco veo por qué deben criticarse o combatirse las pasiones tristes)… Hasta sus sonrisas parecían tristes, como arrancadas de un fondo impenetrable, como si fuera una concesión...”


Viva la alegría. Muera la alegría 

“…prototipo de ‘pasión débil’. Algo así como ese hombre al que se refiere Bobbio como siendo su ideal: el hombre manso. Esa mansedumbre que paradojalmente es la forma más honda de resistir esta modernidad técnica que está destruyendo el mundo y a nosotros con el mundo. Las ‘pasiones alegres’ nos están llevando alegremente al fin. Muchos de esos ‘sabios’ que ‘no piensan en la muerte’, según las palabras de Spinoza, están convirtiendo al mundo en un infierno”. 


Los inescrutables caminos del editor 

“Un buen día, y vaya a saber por qué, se le dio por editar libros, y editó –como debiera ser– unos pocos libros. Tal vez los editó para darnos el gusto a algunos amigos, tal vez pensando que ganaría algunos pesos… Quién sabe por qué, en ese punto incognoscible donde se decide hacer algo, alguien decide editar libros….” 


Más vale posmo que pre-moderno 

“Así fue. Paideia cerró y a los libros se los llevó (a nuestros amados libros) una librería de viejos de Buenos Aires (siempre el ‘puerto’ llevándose todo lo que puede). Y en el local de nuestras pasiones (débiles y fuertes) hoy se venden electrodomésticos”. 


Colofón 

Llegué a casa de la familia de Nico, que es un brother argentino. Llegué con ese güey. Me iba a presentar a su familia. Bajamos los dos del auto. Lo seguí. A la mitad del camino, se detiene de golpe, como si fuera un ademán calculado, y con mueca nerviosa e irónica confiesa: “No, boludo, no van a entender nada”. Regresé al auto. Y pensé en Cortázar, que decía que los mexicanos son seres extraños. “A güevo”.

sábado, 3 de septiembre de 2016

La adoración o el miedo

Autor: Ramsés Ramírez Azcoitia

Su piel tibia y erizada, los músculos tersos y un escalofrío en todo su cuerpo,

la mirada buscando explicaciones en las esquinas, sometidas al interrogatorio de la desesperanza.

¿Adónde, si no es ahí, es donde acabamos? Su mirada interroga hasta el llanto,
hasta las lágrimas, que esta vez brillan, sosteniendo el horizonte en vilo, en filo,
asesino, extendiendo una sutil capa de vidrio sobre el mundo ¿Adónde? Se pregunta.

No resistiendo más los cuerpos silenciosos
dejan sentir su inminencia,
una voz traidora te consuela con engaños, deformación de la piedad y los óleos:

—Los cuerpos más bellos los bañamos con cera, materia noble, casa de la flama.

Y sus ojos se vuelven opacos, casa sin llama, ríe solo y a oscuras, juntando las palmas en rezo y continúa tras el vidrio sin romperlo
con la piel aún tibia y erizada.

Dors en paix… dors en paix… dors en paix.

martes, 16 de agosto de 2016

Cantinflas o el populismo o síganme los buenos


Arsinoé Orihuela

El diccionario de la Real Academia Española define “cantinflear” como la disposición de “hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”. Luego de discutir durante una suma generosa de años el concepto de “populismo”, en esas gélidas aulas destinadas a la instrucción de la Ciencia Política, uno llega a desarrollar una noción más o menos empíricamente exacta de eso que –con absoluta justicia para un comediante cuyo sello fue la acrobacia verbal sin contenido– se conoce como “cantinfleo”. En fin, después de esa “suma generosa de años” de insoportable inanición conceptual, juzgué urgente contribuir a enterrar una de esas palabras falsarias que algunos usan como "arma arrojadiza” y otros elevan a rango de categoría conceptual. Tengo certeza que no son pocos los que padecen el fastidio de la “cantaleta populista”. Por eso extiendo la invitación para participar del cortejo fúnebre de “populismo”. Síganme los buenos. 

Es difícil rastrear el origen de la palabra “populismo”, acaso tan difícil como llegar a un consenso acerca de su significado, por eso es que acá se arguye que no es propiamente un concepto, porque no connota ni denota nada preciso (que teóricamente es la precondición de un “concepto”). Etimológicamente refiere al “pueblo”, que es otra de esas palabras ambiguas. Algunos sitúan el primer acto de la idea de “populismo” en el período de la última república romana, que se usaba para designar a esos líderes populares que se oponían a la aristocracia tradicional. Otros afirman que la palabra apareció en el siglo XIX, en Estados Unidos y Rusia, simultáneamente, pero con significados diferentes. Ese registro geográfico e histórico es más o menos irrelevante, acaso porque se trata de un pseudoconcepto irrelevante para la discusión política. 

El léxico político es polivalente por naturaleza. Eso es cierto. Pero precisamente por eso habría que apostar a minimizar el efecto (siempre rentable para los sofistas) de la inflación palabraria. “Populismo” es una de esas palabras residuales e inútiles. Y no sólo por su vaguedad e imprecisión, sino también, y acaso más profundamente, por el uso intencionadamente ideológico (y perverso) que otorgan sus más conspicuos vociferantes. 

Acerca de la definición de “populismo”, no hay un acuerdo sobre qué es, y se esgrimen todas las prenociones que al emisor en cuestión se le ocurren: que es una ideología o un estilo o una estrategia, o bien, que puede ser discursivo o político o moral. 

Unos dicen que es nativista porque construye la noción de “pueblo” con base en la exclusión de los otros. Pero esa característica excluiría a Hugo Chávez, que –según la doxa de baja estofa– es el “populista” por excelencia, porque su proyecto político (bolivarianismo) apunta a la integración de los múltiples pueblos de la región por oposición al aislacionismo. 

Otros dicen que se trata de una actitud de polarización que involucra a una élite minoritaria y un pueblo mayoritario. Pero esa situación no es el resultado de un discurso o de algún decreto unipersonal: la asimetría socioeconómica es una situación objetiva. No es accidental que en todo el mundo se extendiera la consigna de “Somos el 99% (de la población) que tiene razones para estar indignada con el 1% (que son los ricos y poderosos)”. La desigualdad no es una ocurrencia de un líder caprichoso. La polarización es empíricamente real. 

No pocos señalan que el “populismo” es una forma de hacer política que carece de contenidos programáticos y que es compatible con una variedad de estructuras estatales. Hasta Cantinflas se asombra: “Tons, como quien dice… ¿Cómo dice que me dijo que dijo?” En realidad, tranquilamente podríamos reemplazar “populismo” por “partido político”. En el presente, las organizaciones partidarias son cheques en blanco sin programa, que una vez que consiguen conquistar el poder público se ponen al servicio de las agendas de los grupos económicos que definen los contenidos de la política. 

Los liberales más adoctrinados a menudo afirman que el “populismo” es una construcción maniquea de un “ellos” y un “nosotros”. Pero toda la historia del occidente moderno se basa en un maniqueísmo político e ideológico. Es amplio el inventario de antinomias supersticiosas de la modernidad: universalismo-particularismo, occidente-oriente, público-privado, desarrollo-subdesarrollo, ciencia-filosofía, cristianismo-islamismo, autoritarismo-democracia, etc. Todos los gobernantes en Estados Unidos sin excepción, invocan el trillado “choque de civilizaciones” (que se remonta a una presunta lucha entre un mundo cristiano civilizado y un mundo árabe bárbaro) para generar un clima de consenso domésticamente. Otros dirigentes políticos, que según los “teóricos del populismo” no figuran en el “círculo populista”, como Felipe Calderón Hinojosa (el señor de los casquillos), recurren a la misma fórmula maniquea del “ellos” y “nosotros”, y nadie nunca lo acusó de populista. En 2011 dijo: “Hacer acopio de fuerza, enfrentar y dominar el mal. Los mexicanos de bien estamos en el mismo bando y por eso no podemos dividirnos sino apostar a la unidad…” 

Los simpatizantes de eso que genéricamente se conoce como “populismo”, pero que francamente nadie sabe qué significa, arguyen que se trata de la construcción de un sujeto político en momentos de crisis institucional. Pero eso es una obviedad. Los sujetos políticos se construyen muy a menudo al margen de la institucionalidad y en respuesta a la crisis institucional. Se llama organización social de base. Que esa situación la capitalice favorable o desfavorablemente algún líder político es consustancial a los procedimientos rutinarios de la representatividad. Por añadidura, la construcción de un sujeto político auténtico es necesariamente de clase, no de pueblo. Lo políticamente fundamental es la especificidad de la ruta hacia la conquista del poder político por una clase social. Pero la noción de “populismo” hace abstracción de eso, y sus panegiristas optimistas sugieren, con rusticidad teórica, que es llanamente una “forma” de articulación política. 

Eso que llaman “crisis institucional” es una perogrullada. La institucionalidad, especialmente en América Latina, es una mera formalidad. En una región históricamente desahuciada en ese renglón, la política nunca se dirimió allí. En Latinoamérica no alcanzó una materialidad acabada la noción de citoyen, esa abstracción depositaria de garantías o derechos que es la precondición de eso que llaman las “instituciones democráticas”, ni ninguna de esas otras quimeras liberales que incluso en sus matrices geográficas occidentales carecen de valor u operatividad en el presente. 

Los coléricos maldicientes del “populismo”, que tampoco saben bien qué significa, sostienen que ese “incivil comportamiento” es una desviación de las coordenadas demo-liberales, que transgrede los equilibrios institucionales de una “democracia sana”. Pero insanos son los desatinos de esos liberales equilibristas que presumen neutralidad, acaso encantados con el misticismo de la rancia modernidad. Esos desatinos son tributarios de una interpretación adulterada de Hobbes. No entendieron que la prescripción institucional hobbesiana no aspira al momento democrático, sino al momento de la autoridad, que es exactamente lo opuesto. Hobbes no prescribió la democracia; prescribió un artificio de obediencia: el Estado. La condición de posibilidad de la democracia está en el desequilibrio. Y eso no se llama populismo: se llama desobediencia civil. Y poca o ninguna relación tiene con los gobiernos. La democracia en clave liberal existe sólo bajo el conjuro de la simulación. Y esa simulación es el equilibrio que exalta el anti-populista. 

Que el populismo puede ser de derecha o de izquierda, en eso coinciden casi todos. Y que, por lo tanto, no responde a ninguna ideología y depende de los valores contra los que se alza. Acá uno puede pensar en Donald Trump, por aclamación acusado de populista, y cuyo discurso se basa en decir exactamente lo opuesto a lo que diría cualquier líder político del establishment tradicional (no a las minorías o al libre mercado o al injerencismo estadunidense; sí al uso extendido de armas de fuego o al fortalecimiento del mercado interno o a los muros aislacionistas etc.). Sin embargo, casi todos omiten que ese remedo de “oposición” emerge desde una posición de privilegio (Trump es rico e influyente), y eso es lo políticamente fundamental. El Diccionario de la Real Academia Española define “demagogia” como una “degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”. ¡Trump es un demagogo! Punto. 

La discusión sobre el populismo sólo podía florecer en las miasmas mortuorias de una disciplina como la ciencia política, que siempre se ocupó de las formas y nunca de los contenidos sustantivos de la política, que por cierto es una actitud típicamente anti-científica. 

Esos que desde la derecha asisten al epíteto de “populismo” tienen el propósito de enarbolar una consigna peyorativa que desautorice a algún contrincante con aprobación popular. Es básicamente un ardid lingüístico despreciativo sin valor explicatorio. 

Esos que desde la izquierda empuñan el “populismo”, involuntariamente reproducen el preconcepto de la derecha, sin atinar tampoco en la explicación de la cosa política. En Estados Unidos recientemente cobró fuerza una discusión (principalmente entre la comunidad afrodescendiente) acerca de eso que genuinamente define a la negritud en ese país. En ese ejercicio los afroamericanos descubrieron que muchos rasgos o comportamientos que otrora consideraron propios, en realidad eran prejuicios que los blancos cultivaron históricamente y que los negros se apropiaron con el tiempo, creyendo que eran naturales o representativos de su cultura. El “populismo” es ese prejuicio que cierta izquierda se apropia y eleva a rango de programa político. 

El populismo es un relato ideológico que tiene nula importancia teórica, política e histórica. Es una acrobacia verborréica, una telaraña autorreferencial, fuente de discusiones acaloradas pero absolutamente fútiles que desembocan en enredos metapolíticos inescrutables. “¡Ahí está el detalle! –dice Cantinflas–. Que no es ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario” 

domingo, 3 de julio de 2016

Thomas Hobbes: Modernidad, orden y progreso

Autor: Maximiliano López

El pensamiento filosófico político de Thomas Hobbes a menudo está asociado a una visión pesimista de la humanidad, la política y la sociedad en la cual se desconfía del hombre y se precisa al Estado como un instrumento de vigilancia y opresión para mantenerlo a raya. Contrario a ello, es importante echar luz sobre el espíritu modernista que le ha motivado a constituir su teoría política. Un pensamiento representado en una narrativa severa que, no obstante, buscó dar sentido, orden y estabilidad al impulso y los deseos del hombre moderno en un periodo de incertidumbres y violencia como la modernidad temprana. Y que también sirve para comprender un presente en el cual el papel de la humanidad y del Estado debe ser reconsiderado frente al avance de intereses privados representados en sectores concentrados de la economía que ejercen una sombra cada vez más notoria sobre la soberanía política de las instituciones y poderes públicos.

Leviatán es la cristalización de la teoría de Hobbes sobre la política y el Estado. Fue una de las primeras obras de ciencia política. El contexto en el que sale a la luz, a mediados del siglo XVII, es beligerante; Europa recién salía de la Guerra de los Treinta Años, la estructura social, cultural y religiosa continental al igual que muchas de las certezas sobre las cuales giraba la vida y las instituciones de los europeos se encontraban en crisis. El feudalismo estaba muriendo y daba lugar a un nuevo escenario plagado de incertidumbres. La temprana modernidad tomaba forma, aparentemente, de una manera errática pero siguiendo el hilo rojo de la Historia que, recordando a Kant o a Hegel, se iba desarrollando y ordenando de acuerdo a la razón universal en el marco de los distintos momentos en los que ésta opera.

Si bien antes de Hobbes tenemos a Maquiavelo como teórico político de referencia en esta nueva época, lo cierto es que Thomas fue el primer cientista político que aplicó el método geométrico a la filosofía política. Sin desdeñar los estudios históricos y comparativos del florentino, el inglés se valió de los métodos científicos de la época. De la inspiración de Galileo Galilei para elaborar su teoría. Un pensamiento que buscaba dar certidumbre a la época, a los gobiernos, a los Estados y a la sociedad. Una paz que no mate las pasiones humanas. Un orden para el progreso humano. Para que este no se viera alterado por guerras religiosas o de diversa índole.

El pensamiento de un hombre moderno

Para estudiar al Estado, a Hobbes, siguiendo su método deductivo, le pareció imprescindible estudiar al hombre. Pues es una parte del Estado como creación humana. Y al objeto de estudio no se lo puede estudiar si primero las partes del mismo no son abordadas. Y aquí es cuando entramos a la base de su pensamiento modernista:

“La felicidad en esta vida no consiste en la serenidad de una mente satisfecha; porque no existe el finis ultimus (propósitos finales) ni el summum bonum (bien supremo) que hablan los libros de los viejos filósofos moralistas. Para un hombre, cuando su deseo ha alcanzado el fin, resulta la vida tan imposible como para otro cuyas sensaciones y fantasías están paralizadas. La felicidad es un continuo progreso de los deseos, de un objeto a otro, ya que la consecución del primero no es otra cosa sino un camino para realizar otro ulterior. La causa de ello es que el objeto de los deseos humanos no es gozar una vez solamente, y por un instante, sino asegurar para siempre la via del deseo futuro. Por consiguiente, las acciones voluntarias e inclinaciones de todos los hombres tienden no solamente a procurar, sino, también, a asegurar una vida feliz (…) De este modo, señalo como inclinación general de la humanidad entera, un perpetuo e incesante afán de poder, que cesa solamente con la muerte”.

Aquí tenemos a Thomas Hobbes pensando como un hombre moderno. Reconociendo la naturaleza cambiante de la humanidad como motor, en especial, de los cambios que se registraban en la Europa de ese entonces. Donde las viejas relaciones, ataduras y estructuras medievales enmohecidas, que legitimaban los “viejos filósofos moralistas”, estaban dando paso a nuevas formas de relaciones sociales, culturales, religiosas y económicas. El hombre o la mujer como seres ambiciosos. Que persiguen constantemente la felicidad. Cada fin o meta cumplida termina siendo un instrumento o un medio para asegurar una fase superior de esa felicidad o bienestar. O bien para asegurar esa misma felicidad conseguida con esfuerzo, astucia y pasión.

“La causa de esto no es siempre que un hombre espere un placer más intenso del que ha alcanzado; o que no llegue a satisfacerse como un moderado poder, sino que pueda asegurar su poderío y los fundamentos de su bienestar actual, adquiriendo otros nuevos (poderes y fundamentos de su bienestar)”.

Podemos ejemplificar este deseo humano irrefrenable cuando compramos algo que nos gusta mucho como, pongámosle, una computadora. Y para asegurar que no le pase nada a esa computadora nos hacemos de los elementos necesarios para cuidarla y darle mantenimiento así como también nos asesoramos para darle el cuidado suficiente o bien le pagamos a un tercero para que le de ese mantenimiento que por vagancia o falta de tiempo no podemos darle porque no quisimos o no pudimos asesorarnos y así va formándose una cadena de necesidades, medios y finalidades ad infinitum, que excede a la misma computadora que muere por inutilidad nuestra u obsolescencia programada y la reemplazamos por otra, hasta que nos morimos. O bien podemos citar al mismo Hobbes en una escala más amplia, y con un mejor ejemplo:

“De aquí se sigue que los reyes cuyo poder es grande, traten de asegurarlo en su país por medio de leyes, y en el exterior mediante guerras; logrando esto sobreviene un nuevo deseo: unas veces se anhela la fama derivada de una nueva conquista; otras, se desean placeres sensuales y fáciles, otras, la admiración o el deseo de ser adulado por la excelencia en algún arte o en otra habilidad de la mente”.

Un poder artificial (y colectivo) para moderar al poder natural (y particular)

Para Hobbes, el hombre se mueve por sus pasiones. Utiliza sus habilidades intelectuales y físicas para alcanzar lo que desea sea de la clase socioeconómica o religión que fuere. Quiere el bien. No obstante, esa búsqueda de satisfacción de sus pasiones puede transformar al hombre en el lobo de sí mismo y de todos los hombres. Pues más allá de que, por naturaleza, nazcamos libres, iguales y racionales, según Thomas, si nuestro afán de poder no está regido y atravesado por ciertos códigos producto del consenso general, podemos transformarnos en nuestro peor enemigo. La ambición y la libertad así como la igualdad con la que nace el hombre pueden resultar, en el estado de la naturaleza, en una vida tosca, corta y brutal. Podemos conseguir lo que queremos, pero en un ámbito en el que todo vale alguien nos puede pegar un tiro en la cabeza o matarnos de un hachazo en cualquier momento. Dando lugar a un estado de guerra permanente.

Ante esa posibilidad de caos, incertidumbre e inseguridad permanente es cuando el ser humano piensa que no puede perecer de una manera violenta e impredecible. Sabe, razona Hobbes, que para poder crecer y desarrollarse necesita de la paz y la protección de algo superior y de lo que debe formar parte para que esa paz, esa estabilidad y ese orden impida que alguien entre a su casa a los hachazos y lo asesine mientras está sentado frente a la computadora bajando música y fumando marihuana tranquilo en su cuarto o estudio solamente porque está en contra de que se baje música sin pagar, o bien, del consumo recreativo de drogas suaves.

Y por eso, para que ese impulso modernista que nos mueve hacia metas que se renuevan constantemente no termine dinamitando a la especie humana es que estamos dispuestos a pactar con otras personas. A renunciar un poco a esos impulsos y derechos infinitos para darle entidad a lo que conocemos como Estado. Una creación humana con la que damos un poder artificial a terceros. A representantes y a un soberano que gobiernen, gestionen y auditen asuntos públicos que nos incumben: la paz, la estabilidad, el orden y el bienestar necesarios para que podamos avanzar con nuestros deseos modernos en ese marco. Sin provocar conflictos o bien mantenerlos bajo cauce a través de los canales que ofrece tanto el sistema político como judicial conformado por instituciones y compuestos por representantes y funcionarios que actúan por esos representantes a los cuales cedemos una parte de nuestros derechos. Representantes que, entre todos, actúan en nombre de diferentes sectores, clases, pensamientos y visiones alrededor de la sociedad, la economía, la cultura y la religión. De un mundo artificial de autores, actores y cosas personificadas que es la sociedad civil.

La causa final de esta compleja obra que es constituir un Estado es el cuidado de la propia conservación humana y el logro de una vida armoniosa. Orden y progreso. Los imperativos modernos por excelencia que solo pueden darse con un poder político soberano que emerja del pueblo y controle el Estado en su representación. Un poder político como garante de un poder público que no sea sometido a intereses de privados, como decía Locke que debe ser. Sino que sea rector de estos sin que ello signifique la perdida de libertad sino todo lo contrario; que esa rectoría marque un camino de perfectibilidad para, como más tarde dijo Hegel, se vayan cimentando los elementos y condiciones para la cristalización de un Estado moderno en el que se incluyan todos los sectores, clases, pensamientos y visiones de una sociedad civil moderna y libre con los matices propios de esa sociedad y territorio en donde se erige. No exenta de conflictos ni problemas pero en la que estos se diriman de la forma que establezcan los códigos y leyes que surgen de la misma sociedad.

Ese poder mayor y artificial que reposa en el Estado, que es conferido desde una multitud por diferentes vías y medios que no son más que el reflejo, al igual que los representantes que resultan elegidos, de cómo esa sociedad se compone y resuelve sus problemas y dilemas, aun con sus elementos opresivos y de dominación, espejo también de una estructura social de clases determinada, que se cristaliza en su composición, es el mayor poder a través del cual la multitud así como los individuos que componen esa multitud pueden potenciar un cierto control sobre sus vidas. Eso fue valido en los tiempos en los cuales vivió Hobbes y escribió Leviatán así como sus otras obras de filosofía política, cuando de a poco la nueva sociedad iba surgiendo de las grietas y escombros que dejaba la estructura feudal y lo sigue siendo en la actualidad, más de trescientos años después con sus diferentes periodos reformistas, restauraciones conservadoras y revoluciones, en el capitalismo tardío, cuando vemos que ese Estado retrocedió muchos casilleros frente a intereses particulares. No los intereses particulares de todos nosotros sino los de unos pocos grupos de poder que, en la mayoría de los casos, terminan por hacerse del control del poder público para gobernar en pos de consolidar sus posiciones. Las cuales se expanden sobre el Estado y la soberanía política como una larga sombra que configura distorsionados patrones de desarrollo para el conjunto de personas que conforman las sociedades modernas.

viernes, 24 de junio de 2016

El arquitecto y la gárgola

Autor: Ramsés Ramírez Azcoitia

1

Se ve un hombre joven en la cornisa de un edificio.
No se sabe qué hace ahí. 

 A lo lejos otro hombre baja sus binoculares.

—Hermoso —dice,
el hombre parece una estatua.

Es una gárgola sobre la cornisa;
salta y extiende sus brazos,
planea y asciende hacia otro edificio
en un sólo movimiento ágil
y vuelve a parecer una gárgola.

Sorprendido
el rostro del que observa se aleja del vidrio,
viendo desaparecer el vaho de su aliento
y el reflejo de su gesto.
Se voltea y se dirige a Amado:

—¿Por qué no puede ver mi rostro?
¿O es que acaso la visión de una gárgola ha confirmado lo que temo?
¿Acaso me he vuelto un fantasma para mis propias visiones
y de pronto éstas han tomado el carácter, la forma y el peso de la realidad negándome la mía,
condenándome a la desaparición, como si yo fuera una creación sin atisbo de duda?

Mientras, la gárgola pensativa en su próximo salto, traza una sonrisa.

El hombre de los binoculares, jura haberla visto sonreír
jura que es humano, jura que la vio.
Su reflejo se desvanece
mientras pronuncia una última silaba
que lo lleva a diferentes pensamientos.
Ordena quitar todas las gárgolas de la ciudad.


2

El ventanal deja entrar una luz blanca al mediodía.
Por fuera,
el edificio de forma y dimensiones piramidales
reluce como una estrella en el espacio,
una constelación que se muestra a navegantes que le rendirán culto en sus fábulas,
lejos a millones de años luz.


3

Un lustre adiamantado,
virginal, desdobles
largos, babilónicos, el reflejo del sol en la línea del horizonte que se desvanece,
los ojos entornados de los paseantes, ojos sensibles a su brillo que buscan
aun en ostras;
su brillo delicado es para los admiradores,
el brillo delicado de las perlas, la orilla del mar, otra vez en horizontes que se desvanecen
del mar en tránsito donde emerge su sonrisa.
Que despojen a todo edificio de imaginación,
que sólo sea un lugar pasajero, castillos de arena,
donde cualquiera puede dejar su huella en intercambio.
Que lleven las gárgolas a la bodega para inspección
o cualquiera que encuentren y parezca una.

También los hombres que estén en las alturas son gárgolas,
los que permanezcan de pie mucho tiempo, son gárgolas,
los que no se siente su presencia cuando están cerca, son gárgolas,
los que vigilan, son gárgolas, son monstruos, aves de rapiña
contemplando la podredumbre en el esplendor,
como una caries en el diamante.

—No destruyan ninguna,
son hermosas, parecen pesadillas divinas que observan la creación sin duda.

El hombre de los binoculares se pregunta
¿Por qué sonrío?
Guarda la compostura, busca su reflejo y observa cumplirse sus órdenes,
permaneciendo quieto, incólume y su odio hacia las gárgolas lo hace parecer una estatua.